Parada en el camino: Quillabamba



Quillabamba, originalmente cargada por Asier Solana Bermejo.

Esta vez vamos a salir de la selva y llegamos a la montaña. Un lugar que echaba de menos.

Escribo estas líneas desde Quillabamba, palabra quechua que significa ‘meseta de la Luna’, muy cerca de donde el río Urubamba, ese que pasa por Sepahua, nace. También le llaman ‘la ciudad del eterno verano’, por su magnífico clima.

Me encuentro a unas tres horas de las legendarias ruinas de Machu Picchu, pero la historia de esta pequeña ciudad encajonada entre montañas tiene su punto álgido en el siglo XX con las revueltas campesinas, los paros y las protestas. Nada más entrar en la ciudad uno admira el monumento al campesino, una estatua de una familia de agricultores en postura de caminar orgulloso.

Estos movimientos campesinos en los que han reclamado sus derechos frente a grandes terratenientes han resultado en una cadena de valles llenas de comunidades campesinas y con un movimiento cooperativista de gran fuerza.

En el centro de todo esto, una emisora llamada ‘Radio Quillabamba’ (www.quillabambanoticias.org), que desde el principio estuvo de parte del pueblo, denunciando sus injusticias. Hoy día esta emisora no vive sus mejores tiempos, pero continúa emitiendo como puede desde un céntrico edificio de la ciudad.

En otra ocasión tendré la oportunidad de volver e informarme mejor sobre este episodio de la historia andina.

Por ahora puedo decir que he tenido la suerte de entrevistarme con los locutores y comunicadores que hacen posible Radio Quillabamba. Algunos de ellos con más de cuarenta años de experiencia.

Es admirable la conciencia que tienen de estar haciendo algo útil y contribuir a una tradición popular, que en este caso lleva el adjevito de ‘cristiana’. Es así porque Radio Quillabamba es, como mi querida Radio Sepahua, una emiosra creada por los dominicos, quienes hacen incluso hoy día un admirable trabajo de predicación en todas las comunidades de la zona (unas cincuenta). Sacerdotes que continúan la senda marcada por otros que se pusieron al frente, en primera línea de estas movilizaciones.

¿Cuántos medios de comunicación pueden presumir de haber estado del lado del pueblo en el momento crítico?

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La mujer sapo y el mono

Fuego, originalmente cargada por Asier Solana Bermejo.

Antiguamente, el sapo era una mujer que vivía en nuestra querida selva de Ucayali. Ella era el único ser en la tierra que poseía el fuego. Entonces, todos los que querían cocinar debían acudir a esta mujer sapo. Fue entonces cuando un día apareció el mono, que habló con la mujer sapo, de la siguiente manera: “Hermana, dame un poco de tu fuego”. Ella, sin embargo, le respondió: “No puedo dártelo, hermano. Pero puedes cocinar aquí. En cambio, no puedo permitir que lleves el fuego a tu casa”.

Con esta respuesta,el mono tuvo que cocinar en el fuego de la mujer sapo. Cuando su comida estuvo cocinada, regresó a su casa. Pero, listo como era, había escondido un poco de la candela y se la había llevado, bien oculta para escapar a los ojos de la mujer sapo. Cuando llegó a su casa, prendió su fuego propio para volver a cocinar.

Entonces, la mujer sapo miró en la casa del hombre mono. Vio el humo que salía. Como ella no quería que él tuviera fuego, se fue hasta la casa del mono, con la intención de recuperar lo que era suyo. Cuando llegó a la casa encontró al mono cocinando. “¡Hermano!¿Por qué has traído mi candela?”, le preguntó. Entonces, la mujer sapo sacó los tizones y los trajo de regreso a su casa. Fue así como el fuego del mono se apagó.

Nadie podía ganar a la mujer sapo.

Otro día, el mono escondió un poco de candela pero la mujer le vio y la volvió a recoger. No quería permitirle ya más que viniera para cocinar, pues siempre el mono se llevaba la candela. Entonces, pensaron más monos, no sólo uno. Y se les ocurrió una gran idea. “¿Qué tal si hacemos nuestro propio fuego? Así no haremos enojar a la mujer sapo, porque ella cuida mucho su fuego”.

La mujer sapo no sabía qué pensaban los monos. Entonces, ellos sacaron un bambú y un palo. Los frotaron y frotaron silvando y silvando. Pero no salía chispa ni candela. Después, trajeron una ramita de achiote, y virutas de bambú. Otra vez frotaron con todas sus fuerzas. Por fin vieron salir un poco de humo, y se alegraron. Siguieron frotando con toda su energía.

Esta es una leyenda recopilada por Gabriel Marzano Campos, joven asháninka de 17 años nativo de la comunidad de Santo Domingo que estudia 3º de Secundaria y participa en el programa de Radio Sepahua ‘Voces de la selva’.

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El yine no sirve para nada en la ciudad

He llegado en una época de cambios, sin duda, a este lugar de la selva. Vengo de ver una magnífica recopilación de fotos de los asháninka del parque nacional de Otishi, publicada por elmundo.es, que me han enviado dos personas a mi bandeja de entrada. Impresionantes imágenes que muestran algo que, sencillamente, ya no existe.

Nonos llamemos a error, las costumbres y creencias de este pueblo, y de los otros pueblos indígenas que pueblan la Amazonía, no han desaparecido de un plumazo. Pero a aquel que vaya a la selva, más le vale no esperar ver ‘calatas’ con los pechos descubiertos, pinturas imposibles ni kushmas elaboradas. Más bien, espérense ver jóvenes con botas de agua, un short y una camiseta de manga corta desgastada. Posiblemente, propaganda electoral de algún candidato que envió una remesa de polos a su comunidad y allí se repartieron. Es que el año pasado hubo elecciones.

Tampoco esperemos ver cómo hablan el castellano. Al menos, los jóvenes. Les voy a contar una prueba que hice en octubre, cuando comencé a impartir dos meses de clase en un colegio de Secundaria con alumnos de 10 grupos étnicos diferentes. “Hagan un programa de radio, y puntuaré mejor si lo hacen en su propia lengua”, les dije. De 75 alumnos, sólo cuatro utilizaron una lengua diferene al español. Pero de 75 alumnos, al menos 40 tenían una lengua materna que no era el español. “Es que no sé”, decían, a lo sumo, cuando no tomaban simplemente la opción de reír y callar. El “es que no sé” era, como mínimo, una verdad a medias.

Esos cuatro alumnos que sí hicieron su programa de radio en su idioma eran de etnia asháninka, precisamente sobre la que versa el reportaje fotográfico que mencionaba al principio del post. Quizá uno de los grupos más orgullosos de sus raíces y de su cultura. Es posible que eso se deba, en parte, a la historia de conflicto que ancestralmente han sufrido, siempre entre la selva y la montaña. Entre los incas y el resto de grupos étnicos, entre los colonos y el resto de nativos, entre los terroristas de Sendero Luminoso y la inmensa planicie que se extendía a sus pies. En los años 80 y 90, muchos asháninka ya no pudieron más y tuvieron que huir del valle del Ene al río Urubamba y otros lugares. Hoy día es posible encontrarlos en las quebradas más alejadas, en los ríos más apartados, en los lugares más recónditos y vírgenes de la selva. Lugares como Tangoshiari, en la cabecera del Pagoreni, o como Onconashari, muy cerca del nacimiento del Sepa. Dos lugares hasta hace décadas inhabitados por la raza humana.

Pero el caso de los asháninka y el de sus primos hermanos machiguengas, es peculiar y diferente. De lunes a viernes emitimos en Radio Sepahua un programa llamado ‘Noticias al día’en el que repasamos la actualidad. Esta semana hemos hecho un repaso a qué nos puede traer el año 2012. En una de las entrevistas, el padre Ignacio Iráizoz dijo lo siguiente: “Aquí lo que quieren los jóvenes es salir fuera”. A poder ser a Lima, añadiría yo. La cosa es salir de la selva y llegar al mundo desarrollado, ese en el que se puede tener móvil con internet, laptop, televisor y la ropa a la última moda. Y además, convertirse en un ingeniero y poder trabajar en la ciudad o en otro sitio; mejor si no se vuelve.

Entonces uno comprende que los propios padres fomenten que sus hijos no hablen sus lenguas en público y que no las aprendan. “Para qué les va a servir el yine en Lima”, piensan. Y, poco a poco, se va perdiendo la cultura. Y esos trajes, y esas pinturas, quedan para fiestas que se dan de año en año. Poco a poco se van perdiendo las diferentes lenguas porque no van a servir en una metrópoli de seis millones de habitantes. Lo que es peor, poco a poco los que viven en la selva la abandonan en busca de una vida que creen mejor porque hay teléfono móvil.

Ahora, imaginad el choque que supone que tu padre cace con arco y flechas y tú envíes e-mails.

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