El tráfico (tránsito) en Santo Domingo (2/2)

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Ya lo sé. Prometí hablar de las ‘voladoras’. Pero antes de nada, dentro vídeo:

Siento que cualquier palabra que pueda añadir a lo visto tiene poco sentido. Si en un país en el que impera la ley del tonelaje existe alguien capaz de arriesgarse a surfear entre las jeepetas con su silla de ruedas, cualquier cosa puede suceder. En fin, una muestra más del caos de este lugar.

Y ahora, pasemos a las ‘voladoras’. Se pueden describir como unas furgonetas tipo ‘combi’, o minibuses. O al menos alguna vez lo fueron. La última vez que una de ellas pasa por un taller suele ser nunca, o cercano a ello. El resultado: parches por todos los lugares, abolladuras, asientos que de ello solo tienen el nombre, suspensiones que consiguen acariciar las posaderas de los pasajeros con los neumáticos (gomas).

De manera razonable cabrían unas 20 personas a la vez. Por supuesto, eso implica ser unos 30 pasajeros sin problema. El precio es de 25 pesos (0’5€ aprox), y pasan cada dos minutos más o menos. Hay unas paradas aproximadamente estipuladas pero todo es flexible. También, incluso en momentos de máximo tráfico, no pasa nada por esperar un poco más (un poco más son lo que se tarda en andar 200 metros) con tal de coger uno o dos pasajeros más.

¿Cómo sabes que la voladora que viene es la tuya? Muy sencillo, lo lees. Hay unos recorridos, una especie de líneas. Entonces por si acaso preguntas al cobrador, que es un trabajador que está todo el rato asomado en la puerta vociferando las próximas avenidas por las que pasará la combi. Eso es un trabajo de alto riesgo, dadas las condiciones de la circulación. Hombres los más y también alguna mujer que asoman medio cuerpo por la carretera para captar viajeros, incluso de vez en cuando convencerles de que en realidad quieren hacer el trayecto de su ‘voladora’. Que no, señor, que en realidad usted quiere ir a Independencia, que le viene mejor a donde sea que vaya que no lo sé. Y no sé cómo lo venderán, pero de vez en cuando funcionan.

Y claro, el roce hace el cariño, así que no es tan inhabitual que uno de los pasajeros sea el centro de la atención. En uno de mis viajes me sorprendí mirando a la izquierda cuando atisbé a dos mujeres bailando de pie en una voladora, mientras que en la nuestra un hombre muy, pero que muy borracho, trataba de encararse a cualquiera que le diera conversación. Agarrado a la botella, que si vamos a la calle y tal y cual. La gente se reía de él. Yo, por mi parte, andaba un poco más receloso, porque ebrio o no, que te rompan una botella en el cuerpo no parecía un desenlace deseable. Por si acaso.

Y, por supuesto, estos vehículos siguen la ley del bollo. YO ESTOY MÁS ABOLLADO QUE TÚ Y NO ME IMPORTA TENER OTRO GOLPE. ¿QUIERES ARRIESGARTE A ESTROPEAR LA CHAPA DE TU JEEPETA NUEVA POR NO DEJARME PASAR?

El tráfico (perdón, tránsito) en Santo Domingo (1/2)

Estoy vivo, que no es poco. Casi todas las personas que viven en Santo Domingo y se desplazan en vehículo están vivas, y parecería un milagro. Hasta ahora, van cuatro trayectos en coche (digo carro), y esto es lo que puedo contar.

Ante todo, la ley del tonelaje; grande, ande o no ande. Esto se traduce en que el que tiene mayor tamaño pasa primero y sólo si él para y te deja pasar, puedes hacerlo: aunque en teoría tengas preferencia. De ahí que haya un gusto por los 4×4 (perdón, jeepeta, pronunciado ‘yipeta’). Es curioso, porque son coches ‘estilo americano’ pero normalmente con cambio de marchas manual. También es curioso que las matrículas están solo detrás, de manera que atropellar a alguien por delante impunemente debe de ser más fácil.

Las señales están de adorno. Las líneas del suelo también. Lo único que no está de adorno son los muros, por eso quizá en algunas vías grandes la mediana es precisamente eso, un muro de cemento para que cruzar sea imposible.

Circular en sentido contrario en vías de sentido único es no solo aceptado sino que se espera de los conductores en caso de que les vaya ahorrar algo de camino.

El cinturón de seguridad… sí, esa cosa, ¿existe?

Que el conductor hable por móvil es normal. Que tu taxista te pida tu teléfono para llamar a una persona con la que tiene que hablar de un negocio y lo haga en marcha no supone ningún problema. Nuestro taxista llamó a un tal Angelo, al que le envío saludos desde aquí.

Si el de delante disminuye levemente la velocidad y tu taxista no hace sonar el claxon ya puedes cambiarte de taxi, hay algo raro en tu chófer.

Las motos (es decir, los ‘motores’); esos vehículos que se cruzan en cualquier momento y lugar poniendo a prueba las leyes de la física y el sentido común.

Y por último, como corolario a la ley del tonelaje, el peatón siempre, siempre, siempre, tiene que pedir permiso a los carros para cruzar: aunque se encuentre en un paso de cebra; aunque el semáforo para el conductor esté en rojo. Teniendo en cuenta lo aplicado a los cambios de sentido, el peatón debe mirar siempre a ambos lados antes de cruzar.

Esas son las reglas para no morir.

Y en la próxima… las voladoras, que merecen un capítulo aparte.

 

Reseteo del sistema

Otro viaje, otro visado, otro país. Todo este silencio en los últimos meses no era más que el signo de un terremoto interior que no me dejaba tiempo para mucho más. En última instancia no sé muy bien por qué pero la única manera que se me ha ocurrido para no quedarme bloqueado ha sido la de elevar el nivel de aventura.

No es todo tan bonito; cansa mucho emprender un nuevo viaje para vivir en una nueva ciudad. Me pregunto si seré capaz algún día de asentar la cabeza pues desde que terminé la universidad he vivido en cinco ciudades de tres continentes. Santo Domingo va a ser la sexta. Quizá sea solo lo normal y mi vida esté destinada a esta especie de seminomadismo en el que dejas una parte de ti en cada lugar.

Me pilló por sorpresa, cuando llegué a Valencia dije: “Por fin un lugar en el que voy a quedarme un tiempo, tengo un proyecto para 4 ó 5 años”. La realidad, sin embargo, se encarga de destrozar nuestros planes y me indicó que el mejor camino estaba lejos de este lugar. Un sitio en el que alguna lágrima ha caído al dejarlo, después de todo.

Aun así, hay cierta diferencias. Cuando abandoné Ceuta estaba pletórico, igual que cuando cogí el vuelo que me alejaba de Sepahua. Eran cambios de rumbo importantes en mi vida. Ahora la apuesta es a, por lo menos, no dejar un camino a medias, la apuesta es a volver a encontrarme a ese Asier que devoraba la tecla, los libros, y la vida.

Creo que lo encontraré.

Mientras tanto, me propongo volver a escribir, volver a reflexionar sobre lo que vea a mi alrededor, que me da que va a ser mucho este año.