Ella estaba triste. Miró su infusión de frutas del bosque. Hacía meses que no la probaba. Hacía meses que no estaba en aquella cafetería oriental de toque colonialista. Hacía meses que no hablaba con él. Exactamente 56 días.

El humo de esa bebida caliente era lo más dulce que sus sentidos habían percibido en las últimas 48 horas. “¿Está rico?”, preguntó él. “Supongo. Pero chico, no lo puedo ni notar”. Hizo un ademán de llorar, pero ninguna lágrima salía de sus ojos. “Me he secado ya”.

Él le daba ánimos. No podía hacer mucho más. Le hubiera gustado, pero nadie podía darle lo que ella pedía. “Quiero pensar que en unos meses estará bien”, decía ella, aunque ni sus ojos la creían.

Nadie excepto quien se lo había negado. “¡Por qué?”

“Ojalá lo supiera. Pero supongo que tiene que ver con las historias de amor, así que alguien vendrá dentro de un tiempo,se fijará en tus ojos de ébano y volverá la dicha”.

“¿Cómo lo sabes?”.

“Porque lo viví”.

“Cuéntamelo, por favor”, le dijo ella. No debió de sentarle muy bien, pero él se dio cuenta de que por primera vez en la tarde había sonreído. “Está bien”, le dijo. Y le contó cómo su primer amor le dejó el día de su cumpleaños por su mejor amigo, y cómo le mintieron, y cómo se hundió. Pero también le contó cómo encontró al amor de su vida. Y cómo el amor de su vida se terminó.

“¿Y cómo te encuentras?”, le preguntó ella.

“Mejor, ha pasado poco tiempo”.

“¿Cuánto?”

“Ciento cincuenta y seis días”.

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