Le encantaba la cerveza. Le parecía una metáfora de la vida. Por eso había decidido ir al único bar en toda la región en la que servían su favorita. Quería ir solo, porque solo se degusta mejor. Porque no tendría que hablar con nadie, porque tendría que obligarse a saborear cada sorbo de aquella trapense negra sin hablar. Así que tomó la jarra, fría y húmeda como siempre, y se sentó en la mesa al son de un aroma de agujas, a la vez que su lengua se deslizó como terciopelo sobre la espuma. Y tragó aquel manjar. Un amargor duro de resistir, como un día en las trincheras. A punto de vomitarla, como siempre. La resistió, como siempre. Y después, poco a poco se difuminó aquel regusto que quedó en dulce recuerdo.

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