Siempre me ha gustado viajar en tren, aunque por dinero y por tiempo es un lujo. ¿Un lujo por tiempo? Prueba a viajar desde Pamplona a Tudela, y empezarás a odiar un pequeño pueblo llamado Castejón. Mejor dicho, empezarás a sentir un rechazo visceral, irracional y desmedido por su nudo ferroviario, ese que te retiene diez, quince o veinte minutos a las puertas de tu destino sin que puedas hacer nada.

Pero era Nochebuena, así que decidí darme ese lujo de sentarme en un asiento cómodo, en uno de esos que son cuatro enfrentados dos a dos: como el vagón iba casi vacío, pude disfrutar de un espacio impensable en cualquier autobús.

Adoro también esa recreación que permite el no tener que conducir, de poder emplear más de una hora en leer sin que nadie moleste. Basta con poner el móvil en silencio.

Pero entonces, algo me arranca de la lectura como si fuera un torbellino. Es la luz, esa misma luz que al principio era dorada y alumbraba mi viaje a un mundo de dragones y castillos (que no mazmorras), y que se ha vuelto cobriza y sin fuerzas para luchar contra el fluorescente.

Así que miro tras la ventanilla, y el sol me ciega. Miro hacia el otro lado del tren, y ese naranja frío atardecer me trae el primer regalo de la Nochebuena.

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