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Mira un punto fijo que no existe, y de ese pequeño insustancial nace el infinito de sus recuerdos, del olor de la humedad, de lo pegajoso que resultaba aquel barro intransitable; el mismo que le destrozó sus caderas. Recuerdos de una jaula a cielo abierto en la que una aventura imposible trajo una paz aún más imposible. Sólo porque supo cuándo hablar y cuándo escuchar.

(nota: ficción sobre una entrevista que aparece hoy en ‘El Faro de Ceuta’)

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