Llevábamos tres cuartos de hora largos de vuelo. Fue la primera vez que me sentaba en el asiento del copiloto de un aparato con alas, y la primera vez que el aparato con alas era una avioneta. El piloto, Enrique Tantte, peruano descendiente de italianos, tenía 25 años a la espalda de manejar las ‘Alas de esperanza’, tal y como se llama este aeroplano.

En el vuelo me había enseñado algunas comunidades indígenas, habíamos disertado sobre cómo son capaces de aplicar el socialismo sin conocerlo, ya que no es difícil compartir si hay 15 ó 20 familias. Me había contado que antes, con menos carreteras, había más vuelos. Y sacaba pecho de haber manejado incluso avionetas de esas que aterrizan en el agua.

Y yo veía un pequeño rectángulo en medio de la inmensidad de la selva que, me recordó Enrique, es el pulmón del mundo y los madereros la están destrozando. “¿Es esa la pista de aterrizaje?”. Giró su cabeza hacia mí. La movió dos veces, hacia abajo y hacia arriba. Y llegué a Sepahua.

El equipaje

La pista

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