Pacífico, originalmente cargada por Asier Solana Bermejo.

Todavía no me atrevo a hablar de Sepahua, acabo de verla. Todavía me falta mucho, y quiero que cada palabra que escriba de la desembocadura de este río en el bajo Urubamba sea tan verdad como el amor o la vida.

Pero sí me atrevo a hablar de Lima. Ahí llegué hace una semana y un día, tras un vuelo largo y tras probar lo que es salir a un país lleno de burocracia; no podía llevar dos ordenadores portátiles, y tuve que pagar 69 dólares de impuesto revolucionario, así por las bravas. Si por lo menos fuera a venderlo… pero no, era sólo para la Misión, y para la radio de la Misión. En realidad, era para que el ordenador de la radio de la misión quede libre.

Esa noche del domingo 17 de julio me di cuenta de que Lima era como una selva pero en cemento. Como todas las ciudades. Eso se veía en el tráfico, tal y como me dijo la persona que me vino a recoger, Jorge Marroquín, un chaval que trabaja para los dominicos de Lima: “Aquí hay que manejar a la defensiva”. Y doy fe de que lo hacía muy bien, y de que me sentí seguro en cada momento en que sus manos estaba al volante.

Al día siguiente, me di cuenta de otra cosa. Demasiados coches sólo pueden resultar en una cosa: contaminación. Fue salir a la calle y dar una bocanada de aire: como tragar el humo del tubo de escape, pero sin estar detrás del tubo de escape. Claro, la mitad de los barrenderos tomaban la precaución de ir con mascarilla. Y pregunté al padre Samuel, un dominico teólogo y psicólogo en ciernes si tenían algún problema con la contaminación. No sería capaz de reproducir literalmente su respuesta, pero fuera algo así como “continuamente”, en un tono de “por supuesto”. Bien, me quedaba tranquilo, que la sierra se viera borrosa no era cosa mía.

En Lima, además, es muy difícil ver el sol. Quizá en verano se vea. Yo estuve en invierno, el invierno austral, y no lo vi. En cambio, una niebla mitad humo mitad humedad del Pacífico que me hizo pensar en este océano, cuando lo vi por primera vez, como una bruma, algo que no se sabe muy bien en qué seguirá.

Increíblemente, me gustó. Se ajustaba bastante a lo que me empezaba (empiezo) a enfrentar. Sabes que la costa está al otro lado, pero no ves el camino.

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