Esto va a ser un mensaje personal. Me gustaría poder ofreceros una foto de la lluvia tropical que cayó la semana pasada, o de los niños del internado de los dominicos en Sepahua que jugaban a fútbol. Pero cuando se te estropea el equipo informático y vas de prestado, no es fácil que sea lo suficientemente moderno como para soportar el Photoshop.

Así que otro día vendrá, también, la foto del llamad ‘Puerto Viena’, una playa a orillas del Urubamba desde la que el atardecer se colorea de naranja y morado entre el verde de los cedros y el espigado y altivo tronco gris de los seticos. Un atardecer en el que los botes, calados a la orilla, esperan la noche.

También vendrá otro día la foto de la radio, o de la iglesia con techo de uralita donde todos los días a las siete de la tarde hay una misa que, voto a bríos, no las he visto más breves ni resumidas, tampoco más concisas.

Y en otro momento vendrá la foto de la dueña de esta casa,  Neska, esa perra cariñosa, gorda, tonta y, como cualquiera de su especie, fiel hasta el final.

O la foto de esos niños nahuas de la comunidad nativa de Santa Rosa de Serjali, que pasan sus vacaciones en la ‘gran ciudad’ de Sepahua, que hace treinta años no sabían lo que era una camiseta, un machete o un motor, y que ahora ven cómo entran las petroleras en su territorio y ellos tienen que decidir sin saber, porque el más listo ha cursado la secundaria de un país en el que el nivel educativo es el que pueden dar unos profesores mal pagados en un país pobre todavía.

O la foto del guarapo que tomé esta mañana, ese rico zumo del azúcar de caña.

Colores, olores, sabores, sonidos, historias que me conectan con un mundo, que tratan de desconectarme de otro. Pero dos mundos muy intercontectados.

Anuncios