“¿Tres horas? Has ido a ritmo de joven-joven, muy bien”. El que valoraba eso era Nicolás, el filósofo. Tres horas siguiendo el paso de dos niños, trepando a ratos y a ratos pisando entre piedras.

Y de vez en cuando Cruzando las aguas del Pagoreni, mansas a simple vista pero traicioneras. Así hasta cuatro veces, andando y cuidando de no mojar el equipo. Lento. Me sentía muy lento, así que esa alabanza me hace sonreír. Al fin y al cabo parece que no lo hice tan mal como pensaba.

Me invita a sentarme en su banco y me da un tazón. “Tsairi”, dice. Y bebemos. “Tsairi”, y bebemos. Masato o, como lo llaman ellos, pearentsi. La bebida de la selva, a partir de la yuca fermentada con la boca y hervida en agua. Ideal para recuperarse después de tres horas con un sol plomizo tropical.

Y con un plato en el que hay un muslo de perdiz y yuca, comienza el filósofo a contarme en palabras occidentales lo que nunca entendemos: “La naturaleza te lo da todo”. Nos ha dado el banco de madera, la yuca, la perdiz, el agua, la sombra del árbol, y el tiempo para detenerse. El hombre da, simplemente, la hospitalidad.

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