comida, originalmente cargada por Asier Solana Bermejo.

Este va a ser un post más personal que el resto.

Navidad, tengo 24 años, he vivido en tres países, en tres continentes, y por los lugares en los que ha estado lo que puedo llamar casa se han hablado, en total, 10 lenguas maternas. Lo pensaba esta mañana cuando miraba que no me ha tocado la lotería, tras levantarme pronto, a las 7 en punto (como siempre), y ver a las siete y media los resultados. No, no es que viva en un mundo paralelo, es que ya era la una y media del mediodía en España.

Porque es la primera Navidad en la que no voy a estar en casa ni siquiera unos días. Y espero que sea la última.

Podría decir que me arrepiento de haberme quedado, pero sería lo fácil. Lo cierto es que era muy consciente de que iba a tener esa increíble morriña. Pero sentía que mi lugar, al menos esta Navidad, está aquí. Y de verdad, a día de hoy, 22 de diciembre, creo lo mismo.

Hoy estaban montando el belén (pesebre lo llaman aquí) en la Misión. Y hoy (en la foto), ha habido una gran chocolatada para todos los niños del pueblo. Tenía un especial valor porque ha sido creado por las madres de vaso de leche, las que se encargan de gestionar una ayuda social que va contra la desnutrición infantil: una de las mayores lacras.

La fiesta era, en este caso, para muchos niños, poder comer. Ni siquiera que fuera un chocolate y un panetón (herencia de la inmigración italiana en el Perú), bien ricos, o buenazos, como dirían aquí. Sino comer algo que les llene la barriga de verdad.

No pretendo mentir a nadie. Aquí la gente no muere de hambre, sólo que no se puede comer. Que en muchos casos los bebés tienen masato (un licor) en los biberones en ve de leche.

Será bueno el día en el que dejemos atrás las chocolatadas, o les demos otro sentido.

Me encantaría contaros que en este distrito la desnutrición crónica infantil no es del 60,3%, y me encantaría contaros que en las comunidades nativas no supera el 80%. Pero mentiría.

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