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He llegado en una época de cambios, sin duda, a este lugar de la selva. Vengo de ver una magnífica recopilación de fotos de los asháninka del parque nacional de Otishi, publicada por elmundo.es, que me han enviado dos personas a mi bandeja de entrada. Impresionantes imágenes que muestran algo que, sencillamente, ya no existe.

Nonos llamemos a error, las costumbres y creencias de este pueblo, y de los otros pueblos indígenas que pueblan la Amazonía, no han desaparecido de un plumazo. Pero a aquel que vaya a la selva, más le vale no esperar ver ‘calatas’ con los pechos descubiertos, pinturas imposibles ni kushmas elaboradas. Más bien, espérense ver jóvenes con botas de agua, un short y una camiseta de manga corta desgastada. Posiblemente, propaganda electoral de algún candidato que envió una remesa de polos a su comunidad y allí se repartieron. Es que el año pasado hubo elecciones.

Tampoco esperemos ver cómo hablan el castellano. Al menos, los jóvenes. Les voy a contar una prueba que hice en octubre, cuando comencé a impartir dos meses de clase en un colegio de Secundaria con alumnos de 10 grupos étnicos diferentes. “Hagan un programa de radio, y puntuaré mejor si lo hacen en su propia lengua”, les dije. De 75 alumnos, sólo cuatro utilizaron una lengua diferene al español. Pero de 75 alumnos, al menos 40 tenían una lengua materna que no era el español. “Es que no sé”, decían, a lo sumo, cuando no tomaban simplemente la opción de reír y callar. El “es que no sé” era, como mínimo, una verdad a medias.

Esos cuatro alumnos que sí hicieron su programa de radio en su idioma eran de etnia asháninka, precisamente sobre la que versa el reportaje fotográfico que mencionaba al principio del post. Quizá uno de los grupos más orgullosos de sus raíces y de su cultura. Es posible que eso se deba, en parte, a la historia de conflicto que ancestralmente han sufrido, siempre entre la selva y la montaña. Entre los incas y el resto de grupos étnicos, entre los colonos y el resto de nativos, entre los terroristas de Sendero Luminoso y la inmensa planicie que se extendía a sus pies. En los años 80 y 90, muchos asháninka ya no pudieron más y tuvieron que huir del valle del Ene al río Urubamba y otros lugares. Hoy día es posible encontrarlos en las quebradas más alejadas, en los ríos más apartados, en los lugares más recónditos y vírgenes de la selva. Lugares como Tangoshiari, en la cabecera del Pagoreni, o como Onconashari, muy cerca del nacimiento del Sepa. Dos lugares hasta hace décadas inhabitados por la raza humana.

Pero el caso de los asháninka y el de sus primos hermanos machiguengas, es peculiar y diferente. De lunes a viernes emitimos en Radio Sepahua un programa llamado ‘Noticias al día’en el que repasamos la actualidad. Esta semana hemos hecho un repaso a qué nos puede traer el año 2012. En una de las entrevistas, el padre Ignacio Iráizoz dijo lo siguiente: “Aquí lo que quieren los jóvenes es salir fuera”. A poder ser a Lima, añadiría yo. La cosa es salir de la selva y llegar al mundo desarrollado, ese en el que se puede tener móvil con internet, laptop, televisor y la ropa a la última moda. Y además, convertirse en un ingeniero y poder trabajar en la ciudad o en otro sitio; mejor si no se vuelve.

Entonces uno comprende que los propios padres fomenten que sus hijos no hablen sus lenguas en público y que no las aprendan. “Para qué les va a servir el yine en Lima”, piensan. Y, poco a poco, se va perdiendo la cultura. Y esos trajes, y esas pinturas, quedan para fiestas que se dan de año en año. Poco a poco se van perdiendo las diferentes lenguas porque no van a servir en una metrópoli de seis millones de habitantes. Lo que es peor, poco a poco los que viven en la selva la abandonan en busca de una vida que creen mejor porque hay teléfono móvil.

Ahora, imaginad el choque que supone que tu padre cace con arco y flechas y tú envíes e-mails.

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