Las vidas son como los ríos, que van a dar al mar, que es el morir. Eso decía Jorge Manrique en las Coplas a la muerte de su padre, y si fuera cierto lo que dice, el Amazonas y su cuenca sería equivalente a Matusalén por lo menos.

Recordaba lo que dice Manrique cuando subía, río arriba, el Urubamba, que nace en las altitudes de los andes y tras cientos de kilómetros desemboca en el Ucayali, que otros tantos kilómetros más tarde desemboca en el Amazonas.

Pero lo recorría hacia arriba. Urubamba significa ‘tierra de orugas’ (más o menos) y es un nombre en quechua, nada que ver con los selváticos. Para los incas, este río era el límite natural entre la selva y su imperio, y uno de los valles que crea su curso es el que recorre Machu Picchu, abrazando ese pico y el Wayna Picchu.

Allí es un río furioso, sin mucho caudal pero con gran rabia y fuerza, la que da una caída de cientos de metros de altura, veloz. Cerca de su desmbocadura es, más bien, poderoso. Con gran caudal, de más de cien metros de ancho y por donde pasan embarcaciones con containers.

Ha sido como viajar desde la plenitud de la vida hasta la infancia más tierna, caótica y llena de posibilidades.

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