A veces uno no tiene mucho tiempo para “pararse a pensar”, como bien nos aconsejaba en clase de la Universidad el profesor Fernando López Pan. El aniversario es siempre un buen momento, porque un año es un círculo, como si se cerrara un ciclo que sigue abierto.
Hago memoria, y recuerdo el 20 de febrero de 2011. Decidí meterme con mi cámara entre las calles de Tetuán, para simplemente poder contarlo. Recuerdo los intentos de varias personas, sinceramente preocupadas por mí, diciéndome que no fuera aunque supieran que era inútil. Además, recuerdo lo que vi cuando llegué a la llamada ‘Plaza Primo’ de esta ciudad, que popularmente mantiene el nombre colonial.
Y los gritos que no entendía. Y las pancartas, que muchas sí me eran perfectamente inteligibles. MI timidez mientras avanzaba al centro de la protesta, donde las pancartas rodeaban a los organizadores. Y cómo, viendo mi cara y mis pintas, uno de los organizadores me invitó a entrar. Otro, que chapurreaba español, me explicaba quiénes habían acudido: nacionalistas, comunistas, socialistas, incluso islamistas moderados. Lo único que tenían en común era su oposición a un sistema que no deja lugar a la transparencia ni a unas elecciones libres.
Y comenzó la marcha, y vi mucho joven. Muchísimo. Y poco mayor. Fue algo extraño. Un hombre me explicó que había vivido en España, que se había tenido que vovler. Eran varios los que compartían esa historia. Recuerdo también a las mujeres, con su velo y desgañitándose con sus gritos a favor de la libertad, con sus banderas del Che, que se exhibían a dos metros de las fotos de Abd-el-Krim. Al final,nos dirijimos a la plaza de la Paloma Blanca, símbolo de esta ciudad, y fue el fin de la manifestación.
Sufrí cierta histeria. Hubo un tipo que se me acercó muy amigable, dándome palique. Estoy seguro de que era un ‘secreta’. Casualmente (o no), apareció cinco minutos después a comer en el mismo lugar que yo, se sentó conmigo e intentó darme palique de nuevo. Finalmente me volví en un taxi. Cambié la tarjeta de memoria ne la cámara. Lo tenía todo preparado, incluso si me hacían borrar las fotos. Aun así, revisé mi bolso unas 10 veces, por si me habían introducido ‘casualmente’ alguna ‘bellota’. Nada. Estaba limpio. Crucé la frontera. Estaba en España de nuevo.
Semanas después, me dirigí a Tánger. Allí ni siquiera saqué la cámara, sólo hice fotos con el móvil. No les debió hacer mucha gracia, porque cuando me dispuse a fotografiar cómo los policías daban una paliza a una joven tendida en el suelo, un ‘secreta’ al que ya tenía fichado previamente, me agarró y me apartó.
Un año después, sin embargo, veo un país que ha avanzado, que es más democrático que hace un año y que no ha derramado más sangre que unos disturbios aislados, algo de lo que no pueden presumir otros países que también han vivido la primavera árabe.

Claro, no viviré cómo termina todo eso. Pero en dos semanas volveré a la selva, donde hay otro buen puñado de injusticias contra las que militar.

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