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Cuando uno va a lugares poco accesibles, llega de las maneras más extrañas. Por ejemplo, en un avión fabricado en la antigua Unión Soviética. Con todas las inscripciones en cirílico explicando (supongo) muy detalladamente qué hacer en caso de emergencia, con precisos planos del aeroplano. Con bancos a los laterales, viajando los pasajeros cual si fuéramos paracaidistas de la 101 Aerotransportada. O su equivalente con la hoz y el martillo. Y como no, con la inestimable visión y aprisionamiento producidos por la carga de los pasajeros, que obliga a jugar al tetris con mis piernas; supongo que para defender los grandes inventos rusos.

Así que mascando chicle mientras la sombra del aeroplano se proyecta sobre el altiplano andino y sobre las nubes que dejan al descubierto los picos pasaba el tiempo. Apenas una hora de ruido monótono en el que consigo dormir en dos tramos de media hora. Aterrizamos en una pista de asfalto en medio de la selva para que se bajen los de la primera parada, como si esto fuera un autobús. Se abre el culo del avión y salimos todos, por eso de que la tripulación pueda sacar la carga lo más rápido posible. Compruebo con hastío que el tipo de dos metros, coleta, gafas de sol, túnica y zurrón viajará a mi mismo destino. Mientras deduzco que pertenece a la iglesia Israelita descubro con asombro que de su zurrón de la temporada primavera 33 D.C. contenía un portátil que comienza a usar. También me fijo, sin querer (de verdad, sin querer), que un par de mujeres van a descargar semiocultas en las hierbas que no han sido cortadas.

Oigo al piloto gritar: “¡Donaire!”, y me extraño de que utilice tal palabra. Entonces el soldado encargado de la carga, contesta. “¡A sus órdenes!”. Curioso nombre, o apellido, o lo que sea, reflexiono. Pero, me digo, nada comparado con ‘Mel Gibson’ o ‘Bill Clinton’ o ‘Delfín’, a quienes ya los conozco desde hace meses. Los que continuamos subimos al Antonov de nuevo y me fijo que el copiloto se llama ‘Tornado’, espero que se guarde de los ídem cuando esté volando.

En menos de lo que dura una misa del padre Ignacio (que son de 20 minutos), despegamos y aterrizamos, esta vez en tierra, levantando cantidades ingentes de polvo y haciendo trabajar a los de la Marina de Guerra, que escoltan nuestra salida armados con fusiles, por si algún peligroso mosquito osa atacar a sus superiores. Salimos todos de nuevo, traen la carga, y mientras espero un mototaxi, me recoge voluntariamente Juan Torres, regidor de la municipalidad, que le cae de paso.

Y comienza (de nuevo) la aventura. Pero ya os contaré. Cómo, por ejemplo, al de gafas de sol y túnica le ha dado por despertarme todas las mañanas recitando los 10 mandamientos con un altavoz.

Anteriormente también llegué a Sepahua por avión. Aquí está la crónica.

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