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Soy uno de esos jóvenes que el año pasado dejaron España. Soy rara avis, tenía un contrato fijo y solicité una excedencia por varios años para dedicarme a lo que siempre ha sido mi sueño: luchar contra la pobreza y la injusticia que causa el sistema mundial. Lo hago de forma muy modesta, pero sinceramente creo que pongo mi granito de arena en esta parte perdida en la amazonía peruana en la que actualmente vivo.

 

Ironías del destino. Me doy cuenta de que aquí si algo sobra es dinero. Bueno, en mi país también sobra, sólo que cada vez está peor repartido. Aquí, en cambio, ahora mismo se está empezando a repartir mejor que lo que estaba antes. Es un avance, creo yo.

 

No soy economista, pero creo que a fuerza de leer noticias, gracias a un par de buenos profesores durante mis estudios universitarios de Periodismo y a mi curiosidad natural, he llegado a entender una cosa bien clara. Que aquí no hay capitalismo, ese sistema económico que nos venden como algo natural. Aquí hay un oligopolio, es decir, el poder de una pequeña clase dirigente. A mí me enseñaron en el colegio que el capitalismo consistía en que si uno emprende y tiene éxito, el dinero es para él. Pero si uno emprende y no tiene éxito, tiene que hacer frente a las pérdidas. Cada palo que aguante su vela, vamos.

 

Pero alguien ha decidido que la vela de los bancos la tenemos que aguantar cuarenta millones de españoles. Entiendo lo suficiente para saber que si Bankia quiebra, papá estado le rescata. Pero si yo tengo la hipoteca con Bankia, ellos van a exprimirme hasta el tuétano y luego me desahuciarán si ni aun así he conseguido pagar todo.

 

Claro, esto es sólo la punta del iceberg contra el que nos estamos chocando porque el trabajador es, desde hace por lo menos dos reformas laborales, menos valioso que un martillo neumático o que un frigorífico para una empresa.

 

¿Culpables? Claro que hay culpables, claro que todos tenemos parte de responsabilidad. Pero es mentira que todos tenemos la misma responsabilidad. Es mentira, contradiciéndome, que todos tengan responsabilidad. Hay quien no, y quienes menos responsabilidad tienen son los que más la van a pagar; me refiero a los niños. Y claro, yo tampoco tengo la culpa de que primero el PSOE y luego el PP hayan ya dado miles y miles de millones a los bancos mientras recortan en Sanidad. De verdad, no tengo la culpa, así que no me vengan con que hay que trabajar como chinos o quehay que ir aLaponia. En España trabajaba 10 horas al día, seis días a la semana, por un sueldo de 1.200 euros. Me parecía indignante, pero o hacía por el orgullo de independizarme, y por la satisfacción que tenía al ver que mis reportajes, de vez en cuando, hacían algún bien, por pequeño que fuera. Hoy día, con ese sueldo me podría considerar rico.

 

No. No tengo la culpa de que el día que vuelva a España me encuentre todo destrozado. La tienen personas con nombres y apellidos que deberían ir a la cárcel, y que hace doscientos años tendrían que haber pasado por la guillotina. Ahora a la cárcel irán mis amigos que todavía están en España cuando se sienten en una manifestación, el agente de turno (sin identificar) les arrastre a la calzada, les identifique, y les denuncie por resistencia a la autoridad, parece que ahora eso va a ser terrorismo.

 

Eso, por supuesto, si no hacemos algo. Yo, desde luego, sigo con mi lucha aquí, que no abarca. Confío lo suficiente en mi generación, que llaman perdida pero sabe mejor que nadie dónde se encuentra, para darle la vuelta a la tortilla.

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