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Rompo el silencio tímidamente en este espacio. Han sido dos meses, un proyecto frustrado y otro que está saliendo por encima de mis expectativas, así que el equilibrio cósmico se aplica también en la selva. De este segundo proyecto, sobre el oro, lo que puedo contar es que en breve habrá noticias, entradas en el blog, y fotos en el Flickr.

Este viaje en el que he explorado otra región de la selva amazónica, en este caso el río Madre de Dios, comenzó con un trayecto en carretera asfaltada-carretera de tierra-río-carretera de tierra en el que me acompañó el padre Pablo Zabala, misionero dominico y además biólogo. Y buen navarro, por cierto.

Apenas había comenzado el viaje cuando nos detuvimos en Puerto Carlos, que se sitúa justo al comienzo del segundo tramo de carretera de tierra en este azaroso viaje. Allí estaba con el padre Pablo y con el padre Martín, a las puertas de una capilla recién construida. En realidad, en su vida de sacerdote, el padre Pablo ha inaugurado un buen puñado de capillas. Justo después de haber terminado (casi casi) la de este lugar, ha empezado ya la construcción de otro templo en un pueblo llamado Setapo y ya existe desde hace tiempo un comité para la construcción de una capilla en Delta 1, centro minero por excelencia donde viven 6.000 personas, todas inmigrantes de otros lugares del Perú, y hay unos 80 bares. Bares con una o varias damas de compañía.

El caso es que la capilla de Puerto Carlos fue inaugurada en junio, y lo primero que me sorprendió fue la disposición del altar. En el medio, no en el fondo. Es que el padre Pablo dice que no le gustan esas misas rituales, que le gusta que la gente participe. Y lo segundo que me sorprendió fueron los santos de la foto (Santa Engracia y San Joaquín), que han viajado desde España. En concreto, desde Itoiz, donde el pantano inundó el pueblo, y con él su iglesia. Así que según contó el padre Pablo, esos santos fueron restaurados en el seminario y enviados desde España a la amazonía peruana.

Y hay algo que me llama la atención, el agua. Dos santos que han tenido que hacer las américas huyendo del agua y que han acabado en una iglesia construida en el siglo XXI…. rodeados de uno de los mayores ríos del mundo, en un lugar que todos los años se inunda. Parece que el destino de los dos está unido a los ríos, que son la vida, que dan al mar, que es el morir, ya lo decía el bueno de Jorge Manrique.

 

 

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