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Después de la aventura en la que descubrí los peculiares santos viajeros en la capilla de Puerto Carlos, llegué a Boca Colorado. Cuando el 4×4 llegaba a la Misión eran las seis y cuarto, y me encontré con un pueblo sin luz. Entre varios internos nos ayudaron a abrir la puerta metálica para el coche, que aparcamos dentro del recinto.

Se trata de un recinto pequeño que hasta hace cuatro años era sólo la parroquia y unos cuartos. A medio camino entre Puerto Maldonado y la misión de Sintuya, era el lugar donde el responsable de Sintuya viajaba cada cierto tiempo para dar alguna misa. Pero este poblado, que hace cuarenta años no era ni una sombra de lo que ahora, tiene ya unos 3.000 habitantes, más del 90% serranos que hacen fortuna en la selva.

Casas de madera, provisionales. Gente con dinero que apenas invierte en echar cimientos para sus moradas. Tienen ganas de irse, diría cualquiera. Eso pensé, eso me dijo el padre Pablo Zabala, y eso comprobaría más tarde. Muy pocos son los que se quedan, incluso los que llevan más de 20 ó 30 años siguen con sus planes de volver a sus casas antes o después.

Se diría que es lo contrario de la Iglesia y la misión. Construcciones de cemento, hechas en los últimos años y a las que todavía les qeuda algo que perfeccionar. Hoy día la casa del padre Pablo, de la misionera Teresa, del padre Martín, y de casi treinta adolescentes, varones y mujeres, que tratan de terminar sus estudios de Secundaria.

Así sucede desde el año 2008, cuando aquella presencia esporádica de unas pocas misas al año se hizo claramente insuficiente y ahí apareció el padre Pablo. Pareciera personaje más que persona cuando uno lo ve con sus gafas de sol de una varilla y su paraguas mientras pasea por el polvo de las calles en su pijama, como si no hubiera despertado todavía a la realidad y siguiera viviendo un sueño. Sobre qué sueño es ese, no lo sé pero seguro que es uno de los buenos… Sorprende también su barba que cae blanca hasta el ombligo, pero que no esconde su sonrisa.

Disfrutó de una fama breve y no buscada en 2004, cuando tuvo que abandonar temporalmente el Perú por, según el obispo de Cusco, su forma de hacer pastoral. Más mito que leyenda y más leyenda que hechos hay en la historia, pero lo cierto es que sus propios feligreses se manifestaron en un intento de retener a su párroco al grito de “¡Pablo sí, otro no!”. Al menos eso me contó.

En lo que a mí concierne, conocí a Pablo en enero mientras ambos coincidíamos en Lima. Él para una asamblea de dominicos, y yo haciendo escala antes de unas breves vacaciones en España. Allí me contó donde se encontraba, me contó lo de la minería. Y se me quedó el run-run hasta que unos meses después le escribí proponiéndole un reportaje: “El objetivo, sobre todo, sería el de conocer la misión, la realidad de la zona, la realidad de la minería”. Eso le dije. Y me respondió lo siguiente: “Espero que estés dispuesto a ir con ellos y pasar un día en sus campamentos. Como hay mucha diversidad de sistemas de extracción tendrás harta tarea. Yo se lo había ofrecido a un joven amigo de Santander que está haciendo su carrera de perito de minas, para que fuera su tesis doctoral”. No podía ser mejor.

Pero no había hecho más que llegar, y la bienvenida por parte de los internos en la Misión y del resto del equipo de misioneros fue maravillosa. Apenas un rato después descubrí la peculiar manera de realizar misas del padre Pablo, distinguida por lo participativa que es. Sobre todo los jóvenes. Justo antes de la bendición final fui gentilmente invitado a presentarme, y a responder a batería de preguntas que los (y sobre todo las) internos hicieron; hasta enseñarles una canción en inglés cuando se enteraron que yo era profesor de este curso en Sepahua. Y de todo todo, lo que más me sorprendió fue que por lo menos seis o siete jóvenes en sus peticiones en la misa pidieron por que mi trabajo me saliera bien. Tenía la ayuda divina, así que nada podía salir mal, o si algo salía mal seguro que se enderezaba. Y al momento de escribir estas líneas me doy cuenta de que posiblemente sin un poco de ayuda no podría haber salido airoso de, al menos, dos situaciones que me encontré.

Primera cita, concertada

Con esas, la mañana siguiente salimos a Colorado para comenzar el trabajo, pues mucha era lla mies y pocos los días. Por suerte el padre ya había hablado anteriormente de mía l os mineros, y me llevó de casa en casa. En la primera que fuimos vivía el señor Polo Tuhanama, a quien todos conocen como ‘Gato’, así llaman a las personas de ojos claros por esta zona. Arequipeño y descendiente de alemanes colonos, nos recibió con la mayor de las amabilidades. La conversación se dio en torno a un refresco de cebada que nos sirvió la esposa de Gato, bebida tan típica de la sierra como el masato lo es de la selva. Tomándome las licencias que mi memoria me da, esta fue más o menos al conversación.

“¡Ánimo!”

“¡Buenas noches padre, pase, pase!”

“Este es el chismoso del que te hablé, Gato. La teoría es que vaya a vivir con los mineros, para que pueda contar en su reportaje ‘la otra minería’”.

“Bueno, si lo que quiere contar es la realidad, será bien recibido”. Y ahora el señor Gato me miró hacia mí por primera vez. Más o menos estas fueron mis palabras.

“Como dice el padre, mi idea es hacer algo diferente. Lo que quisiera sería poder estar en los propios campamentos para ver cómo viven. Es decir, ver la cara humana de la minería. Obviamente no todo será bueno, pero no creo que todo sea tan malo como se ha publicado”.

“Mire, joven, le voy a hacer una pregunta. Aquí todos somos de fuera, ¿por qué vienen aquí?”

“Precisamente, es una de las preguntas que me gustaría responder”.

“En ese caso, no hay ningún problema. Vas a ver que por ejemplo, en un lugar que trabajamos, ya tiene su huerta el padre. Y ahora vamos a dar dinero para construir un techo en el colegio, porque vamos a sacar en su terreno”. Ahora le tocaba el turno al padre Pablo.

“Bueno, ¿entonces cómo hace mañana?”.

“No se preoocupe, padre, nosotros vamos a buscarle”. Y a partir de ahí la conversación giró a otros temas. El más interesante, la disquisición del señor Gato sobre si habría o no oro en el Purús, y en caso de haberlo si pudiera ir allí y extraerlo. Afirmaba que, de otra manera, ese oro iría para el Brasil, país donde ese río entra rápidamente.

Ese era el final de un día intenso en el que había conocido al alcalde, y a su secretaria. Y al que conocería otros mineros para avisarles de mis intenciones. También el día en el que me había paseado junto al padre entre las calles (sólo las calles) del barrio chino, el imprescindible gueto de alcohol y prostitución en cualquier poblado lleno de hombres jóvenes con dinero.

Y Después de todo, a la cama y a esperar al día siguiente. Habían prometido recogerme a las seis menos cuarto. A las seis y media una llamada sonó en el teléfono del padre Pablo. “Oye, que me dicen que van a venir tarde”. Yo, pensando, “no me había dado cuenta”, aunque ya había echado cuentas con el horario peruano. Finalmente, a eso de las siete llegó Fernando, el tercer hijo del señor Gato, y me llevó hasta su mina en un camino que duró quince minutos y dos peajes. Por fin comenzaba mi aventura en la mina.

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