Escuchando la radio, originalmente cargada por Asier Solana Bermejo.

Déjenme hacer una pausa antes de ofrecer la tercera parte sobre la minería en el Madre de Dios. Como si fueran unos anuncios, sólo que es mucho mejor porque no soy la televisión. Esta foto la capturé el miércoles de la semana pasada en la comunidad nativa de Puija (etnia yine), mientras Teobaldo traía víveres y materiales con su carretilla. Están construyendo un local comunal, en el que tener una oficina, baños, un auditorio, y algunos ambientes destinados a usos varios. Como si fuera un centro cívico de un barrio, pero en medio de la selva.

La mente que hay detrás de este edificio es Pedro Ros, un arquitecto español que nunca participó en la burbuja inmobiliaria y que cuando volvió a España no pudo trabajar por la orgía que había vivido su sector. Así que no le ha quedado más remedio que, casi doblándome la edad, volver al lugar en el que ya estuvo muchos años: Sepahua. Sólo que esta vez todo mucho más a lo grande porque ahora en el Perú hay dinero para limpiarse las nalgas con billetes.

Entre sus muchas aventuras y anécdotas, una me llamó la atención. “No te imaginas, todos comen rápido para ponerse a escuchar tus noticias”. Claro, cuando uno está detrás del micrófon entre cuatro paredes de poliuretano y cristal como que no ve a los que le escuchan. Pero me hizo especial ilusión, y fui unos días de esto que tienes que bajar el ego de la nube y a veces te quedas en ella un ratito, por la pereza de bajar a la realidad.

Pedro es un apasionado de su trabajo y se dedica a hacer construcciones funcionales, en vez de Aeropuertos sin aviones con bustos gigantes de megalómanos catetos. Y encima, para construir este local en la comunidad han creado un comité de obra, del que hablaré otro día, que se asegura de que se contrate al mayor número de gente posible en la propia comunidad. Vamos, que nada de traer serrín made in china cuando le puedes decir al paisano: “Córtame ese árbol con la motosierra y luego sacas tablones”. Y nada de traer albañiles de sabe-dios-dónde cuando los lugareños, con su metro sesenta de media, llevan las bolsas de cemento de dos en dos sobre su espalda.

Con tanta emoción nos contaba en las horas del almuerzo sus avances, que le pedí que me llevara a ver las obras, en las dos comunidades nativas. Bufeo Pozo y Puija. En la segunda lo vi. Una radio emitiendo música (de la buena), a todo volumen, clavada en uno de los árboles más grandes. Y de la antena extendida saliendo otro cable hasta una de las ramas más altas, para poder captar bien la emisora, que es FM. Casi incrédulo, como cuando un niño tiene el regalo en sus manos y tiene forma de pelota pero todavía no se atreve a decir que es una pelota, me acerqué al árbol. Ataqué con mi mirada por el flanco al transistor, con los ojos medio cerrados, y lo vi. Estaba en la frecuencia (100.5 FM). Grité de alegría en mi mente, pero en mi cara sólo sonreí.

Y pensé, ¿cómo muestro en la foto que escuchan Radio Sepahua? Y entonces vi que Teobaldo venía, así que puse mis gafas tras el visor de la cámara, y el resto aquí está. Así que seguiremos emitiendo para el Bajo Urubamba.

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