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Me encanta tener la ocasión de citar la última entrevista del papa para introducir mi tema, que ya estaba planeado desde antes de leer lo que ha dicho el obispo de Roma.

Queria algo más. Pero no sabía qué era. Había entrado en el seminario. Me atraían los dominicos y tenía amigos dominicos. Pero al fin he elegido la Compañía, que llegué a conocer bien, al estar nuestro seminario confiado a los jesuitas. De la Compañía me impresionaron tres cosas: su carácter misionero, la comunidad y la disciplina. Y esto es curioso, porque yo soy un indisciplinado nato, nato, nato. Pero su disciplina, su modo de ordenar el tiempo, me ha impresionado mucho”.

Estas son palabras de Francisco cuando le preguntan que por qué quiso ser Jesuita. Salvando la distancia de tiempo, espacio y personas, creo que todos nos podemos ver identificados en esta cita. Y no, no quiero destacar que el papa casi se hace dominico, aunque no deja de ser un orgullo. Quiero destacar que un joven Jorge Mario, que había empezado a discernir su vocación, conoció a los Jesuitas y quedó cautivado por sus rasgos y virtudes.

Los conoció. Ese es el punto de esta entrada en el post. Antes de nada, dejaré claro que si la realidad social e histórica hubiera sido otra, seguramente hubiera terminado siendo un claretiano (me refiero a mí, no al papa). Que son mucho menos famosos que los dominicos pero a quienes he llegado a conocer bastante bien tras 15 años de estudio en uno de sus colegios concertados. A decir verdad, a su educación debo mi inquietud misionera (es una congregación de misioneros) y eso es innegable.

Lo dicho. Son otros tiempos, y nunca nadie en el colegio me sugirió eso de “hazte cura” o “ven a un encuentro vocacional” o cosas así. Había hasta un cierto aire de derrotismo: “Ya me gustaría que de aquí salieran uno o dos curas, pero no va a suceder”, oí en más de una clase de religión. Claro, viendo el grupo que éramos, no me extraña. Y yo el primero entre los descartables, desde luego.

Lo que (no) hacen las órdenes para darse a conocer

No es mucho, la verdad. Mi ignorancia sobre los dominicos era enorme, a pesar de que mi conocimiento sobre historias y filosofías en las que ellos intervinieron activamente era relativamente superior al de la mayor parte de la gente. En cambio, sí tenía un conocimiento superficial de San Francisco de Asís y de los franciscanos: al menos, de su existencia.

Habiendo vivido en Pamplona (Zizur Mayor, quiero decir) unos18 años, nunca oí hablar de los dominicos que tenían un convento en pleno centro de la ciudad y una enfermería (la siguen teniendo) en uno de los pueblos vecinos. No digo conocerlos, sino oír de ellos. Y en mi adolescencia estuve metido en todas las movidas sociales de Pamplona. Posiblemente(no sé) conocí a alguno en algún encuentro de ONGs y ni siquiera lo pude identificar como tal.

La Orden de Predicadores se cruzó en mi vida con nombre y apellidos sólo desde 2011, contaba yo 24 años cuando llegué a Sepahua. Viví en primera persona sus misiones en medio de la selva. Las experimenté y participé de ellas de la mano de misioneros y misioneras que lo dan todo, que se dan al completo, por lo que yo tampoco podía permanecer indiferente.

Mientras en la misión los frailes y las hermanas eran el centro de la vida social, en nuestras ciudades, donde hay muchos más religiosos, apenas significan nada. A lo más, se les ve como dueños de colegios concertados. No se trata de ir vociferando cada cosa que hacen ni de ocupar espacios que no corresponden, ni de hacer campañas cursis vocacionales en televisión. Pero en España, al igual que en las misiones, hay ejemplos sobresalientes de religiosos que permanecen escondidos. En muchos casos nadie sabe qué son ni qué opción de vida tienen ni por qué es tan importante para ellos esa opción de vida como para que se vea reflejada en todo su ser.

Lo que (no) hacen las personas por conocer a los religiosos

Está claro que si no se sabe de la existencia de algo, no se puede conocer. Pero está igual de claro que quien no busca, no encuentra. Jamás me hubiera topado con la Orden de Predicadores si no hubiera dejado todas mis seguridades en España, incluido un trabajo con un gran ambiente. Aquí voy a citar a Enrique Meneses, maestro de maestros en el periodismo. “Algunos jóvenes estudiantes me piden si puedo ayudarles a buscar trabajo, pero me dicen que en su ciudad. Yo les digo, dime la dirección de tu casa para que busque a ver si hay una oferta en tu calle”. La cita no es exacta del todo, la dijo en una conferencia para estudiantes de Periodismo a la que asistí en mi último año de carrera.

El mensaje es claro, cuando uno tiene una inquietud, debe hacer algo por satisfacerla antes que lamentarse. Y me da la impresión de que muchos son de quedarse en su casa. Cuando había vacas gordas, conocí a muchos que antes de trabajar de lo suyo preferían cualquier cosa con tal de quedarse en Navarra. Hablo de gente sin ninguna atadura, ni familia, ni novia, ni nada. Sólo 20 años y el mundo por conquistar. Ahora la situación ha cambiado, pero por reactividad, no por proactividad.

Puede que muchos ni siquiera paren a pensar cuáles son sus ambiciones en cuanto a realización personal. Ni qué decir tiene que a poca gente se les puede preguntar “cuál es tu misión en la vida”. Seguramente te digan que qué les estás preguntando porque ni siquiera ellos se han planteado el interrogante.

Falta actitud. Falta inconformismo. Falta osadía. Y al que tiene estas cualidades se le admira, pero no se trata ni siquiera de imitarle un poquito.

Que nadie me malinterprete. No hablo de los jóvenes, hablo de un mal endémico en esta sociedad.

Tuve suerte

Por algún motivo que se escapa a mi comprensión conocí a los dominicos, y vi en ellos muchas cosas que me atraían. Al poco de llegar a Sepahua empecé a sentir que “necesitaba hacer algo más”. No era un simple querer, sino una necesidad. Se unió el ejemplo de los (y las) que conocí en mis dos años de Perú, con lo que aprendí sobre cómo es la Orden de Predicadores. ¿Cómo, que aquí se discuten las decisiones? ¿Cómo que el padre de la Teología de la Liberación se hizo dominico? ¿Cómo que tenemos a la vez la Inquisición, y Santo Tomás o San Alberto Magno? Suena interesante y heterogéneo, al menos sobre el papel.

Seguramente, si no hubiera conocido a los dominicos habría seguido mi vida normal, y no habría descubierto cuánto me llama este camino. Habría, seguro, encauzado mis inquietudes de fe por otros derroteros. Diferentes.

No me atrevo a dar una solución a este problema, que puede que ni siquiera lo sea. Pero sin ni siquiera conocer un poquito algo, es imposible quererlo y optar por ello. Y hay quien tiene suerte de conocer un traje a su medida y quien no.

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