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La vuelta al ‘primer mundo’ me ha hecho toparme de nuevo con una realidad que tenía bastante aparcada: la sociedad de consumo. Ha sido reencontrarme con esta vieja compañera que tan alegremente había abandonado y no tenía ninguna gana de volver a ver, aunque supiera que nuestro encuentro era inevitable. Por suerte, mi condición implica que no tengo que enfrentarme al consumo tan cara a cara como otras personas.

 

Consumir es un acto que implica un mensaje a las empresas que le traen a uno el producto: “Sigue haciendo esto de esta manera”. Si compramos un kilo de manzanas, significa que el frutero sabe que estamos dispuestos a pagar el precio que nos pone, el distribuidor averigua que la fruta en esa tienda tiene salida, y el productor sabe que le han comprado esa fruta al precio al que se la han pagado. Todos contentos, unos más que otros. Si un día las manzanas están con gusano, no las compraré y todos en la cadena de producción sabrán que yo no estoy dispuesto a pagar por manzanas con gusano. Si otro día me dan manzanas en buen estado pero pretenden cobrarlas a 10 euros el kilo, todos sabrán que no estoy dispuesto a pagar ese precio aunque sean manzanas muy buenas.

 

Consumir es un acto inconscientemente colectivo. Si el frutero no me vende las manzanas a diez euros a mí pero sí a otro, y a otro, hasta que agota su género, sabe que existe un grupo de personas dispuestas a pagar ese precio, suficiente para mantener su negocio. No es una asociación de compradores de manzana, sino personas que cada una, por el motivo que sea, se convence de que es razonable pagar 10 euros por un kilo de manzanas. Si el frutero no encuentra un grupo lo suficientemente grande de esas personas… pues no le quedará más remedio que recular y bajar el precio.

 

Consumimos más de lo que necesitamos. Y lo hacemos porque creemos necesitar cosas que no se necesitan. Creemos necesitar un móvil más nuevo, un ordenador más potente, otro par de zapatos, un vestido de fiesta más (aparte de los 20 que ya tengo), una cámara de ochocientos millones de megapixeles para subir fotos al Facebook, un coche más grande, una televisión con más pulgadas (atención que el año que viene hay Mundial), unas vacaciones en Cancún, cinco cubatas en la noche del sábado… O ese kilo de manzanas de las que siempre acaban dos o tres en la basura porque se pasan.

 

A veces consumimos porque anteriormente hicimos una mala decisión de consumo o porque somos esclavos de una industria. “Antes las cosas estaban hechas para durar…”, ¿a quién le suena? “Voy a comprarme esta cosa que vale la mitad en los chinos que seguro que me sale igual de buena aunque parezca desintegrarse cuando la miro”… ¿a nadie le suena?

 

Consumimos como un fin, no como un medio. “Irse de compras” es el ejemplo más característico. Pasearse por mil escaparates a ver qué compra uno o una. Bueno…

 

Viene bien recordar de vez en cuando todo esto para tomar conciencia del problema que es un primer paso. El segundo paso… ahí está la madre del cordero, porque hay que buscar una forma de seguir viviendo sin caer en las trampas del consumo. Sobre esto ya hay mucho pensado, y una de las ideas que más sentido tienen es la del ‘consumo responsable’. El consumidor tiene ante sí un poder que no imagina, con sólo repasar los dos primeros puntos de qué significa el consumo. Si no me gusta que exploten a los niños de China, ¿por qué compro unas deportivas de marcas conocidas por usar esta práctica? Si soy ecologista y concienciado por ello, ¿por qué compro una fruta fuera de temporada que han traído de las antípodas? El consumo responsable implica consciencia primero y coherencia después para contribuir inequívocamente a lograr un mundo más acorde con lo que esperamos de él.

 

Si consumir es un acto inconscientemente colectivo… ¿por qué no tomar conciencia de grupo? Eso ha pasado, por ejemplo, en campañas de boicot a anunciantes que en ciertos momentos han apoyado programas televisivos poco escrupulosos. Es un caso llamativo pero que no pasa de rascar la superficie, en el mejor de los casos. Existen en este país desde hace mucho tiempo asociaciones que defienden los derechos de los consumidores, y las hay bastante buenas. Quizá si les hiciéramos un poco más de caso.

 

Y para variar, sería bueno tener visión a largo plazo. Quizá haya que gastarse 10 euros más en un par de zapatos si eso resulta que nos van a durar el doble. Quizá sea más barato llevar cuatro años un abrigo que costó 100 euros que llevar un año un abrigo por el que pagamos 50 euros. ¿Cuál de los dos es más barato?

 

Pero, sobre todo, el acto de tomar consciencia de lo que significa el consumo debería ayudarnos a replantear para qué consumimos. Para estudiantes: “¿Voy a hacer mejor el examen con esta mochila de Dior?”. Para trabajadores: “¿Voy a rendir más por ir al trabajo en un BMW, en un Renault o en autobús, o en bicicleta?”. Para las vacaciones: “¿Van a ser mejores en una playa de Cancún que en una de Ibiza?”. Necesitamos lo que los objetos de consumo pueden hacer por nosotros, no a los objetos de consumo en sí. No necesito unas manzanas de la China, necesito comer sano. Tampoco el videojuego X, necesito algo de diversión y quizá la encuentre mejor echando una partida de mús con la cuadrilla o llamando a ese amigo con el que hace tiempo que no hablo.

 

Hace unos años, Serge Latouche fue a Pamplona a dar una charla. Él es quien postuló la teoría económica del ‘decrecimiento’. La frase más destacada de la entrevista fue “la gente feliz no suele consumir”. Y es totalmente cierto.

 

Por favor, recordad los momentos más felices de vuestra vida, y ved qué relación tenían con el consumo. Consumir es nuestro mayor poder, y tenemos que estar satisfechos de que en nuestro sistema y nuestra situación, por mucha crisis, hay algo que podemos hacer. Ejercer con libertad y conciencia nuestro poder como consumidores.

 

Y por todo esto, cada día admiro más a los que saben ser pobres por elección, porque se liberan sus cadenas y son hombres y mujeres que aman más.

 

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