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Ha dado sus frutos. Al menos, más de lo que me gustaría reconocer. Es normal sentir rabia, dolor, impotencia, injusticia… todo lo que se quiera, en el hecho de que salga a la calle una persona que ha asesinado a 24 personas. Y utilizo la palabra ‘persona’ con todo el sentido, con cada una de sus letras, porque una persona que mata a otra persona sigue siendo una persona.

En días como hoy, aquellos que desean el mal tienen que estar descorchando champán, porque su capacidad de inflingir dolor se ha visto multiplicada. No solo causaron desgarro en los momentos en que cometieron aquellos actos, sino que basta la mera visión de su rostro veinte años después para engendrar odio.

De repente, ese odio ha sido teledirigido hacia todos los que permiten que esas personas hoy puedan estar libres, como si fueran cómplices de sus atrocidades. Esgrimen como justificación de ese desprecio el mero hecho de que alguien o muestre ‘empatía’ con quienes desearían que los terroristas se quedaran toda la vida en la cárcel.

Yo puedo sentir empatía con el dolor ajeno, pero no con el odio ajeno. Me niego. Me niego a que hagan exclusiva una etiqueta de “víctimas” y la utilicen para llamar traidores a otros que, como ellos, han visto cómo sus nucas eran puestas en una diana.

Esta semana he visto cómo algunas víctimas pasaban de ser cautivas del odio de otros a ser cautivas de su propio odio. Y he visto a muchos medios de comunicación alimentar esta hoguera. Hoy necesitamos historias de perdón, no soflamas a favor de la venganza.

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