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Este blog ha sido un tanto abandonado desde la toma de hábito. El evento, además de ‘Diario de Navarra’, tuvo repercusión en ‘El Faro de Ceuta’, periódico donde viví año y medio de periodismo apasionado, del que desgasta las suelas de los zapatos.

En este tiempo, por fin el noviciado ha adquirido una reconfortante sensación de ‘rutina’. Al principio, todo era nuevo. Después, todo era la toma de hábito. Y por fin nos podemos, más o menos, centrar en lo que debería ser este año.

Llevo años escribiendo sobre cosas de las que, supuestamente, algo sé. Pero ahora me toca no saber nada. Hace unas semanas nos lanzaron la siguiente pregunta a todos los novicios: “¿Estáis dispuestos a ser discípulos?”. Es como para pensarlo. Somos jóvenes y tenemos, quien más y quien menos, estudios universitarios y cierta experiencia en el mundo.

Y ahora tenemos que renunciar a lo que sabemos, porque en esencia no sabemos nada. La clave de ser discípulo es la ignorancia, porque sin ella la iluminación que proporciona el conocimiento es imposible. Toda la historia, la actualidad económica, el dominio lingüístico, el conocimiento de los sistemas políticos, la amplia cultura general que siempre he presumido tener, no sirven de mucho. Por no decir de nada.

No saber es un placer, porque es la única manera de aprender. Aceptar que uno no sabe o, al menos, que es posible que esté equivocado. Eso es fácil cuando uno realmente no se ha dedicado toda su vida a llenar su cerebro de conocimientos para ganar cualquier partida de trivial (sólo conozco un par de personas con las que haya tenido competiciones de nivel). Pero el trivial es eso… trivial.

La ignorancia es un ejercicio. Hay que tratar, realmente, de despojarse de muchas cargas mentales que no hacen más que filtrar y deformar lo que a uno le llega cuando no lo necesita. Si tenemos la biblioteca organizada de una forma, el siguiente libro será simplemente añadido a los estantes. Aquí el tema es construir una biblioteca, una manera de organizar todos los libros.

La ignorancia es un peligro, también, si no se utiliza para tratar de llegar al conocimiento de la verdad. Si se utiliza como escudo ante un mundo tan complejo, pasa a ser mediocridad.

Ante la pregunta sobre el discipulado, respondí que tenía suerte porque ser periodista me había enseñado que no sé nada y tengo que escribir sobre cosas de las que no sé. Uno de los consejos más útiles que me dieron en la universidad fue “cuando vayas a un lugar nuevo, averigua qué es lo que no sabes, para documentarte”.

La ignorancia es, además, inocencia. Atreverse a preguntar todo, como un niño que no sabe y no tiene el menor reparo en preguntar. Y todos sabemos lo que pasa cuando uno de esos pequeños adorables lanza uno de esos interrogantes a quemarropa, absolutamente inconsciente del pavor que nos causa enfrentarnos a esa cuestión, muchas veces reflejo de una realidad que evitamos.

Nota: no confundir ignorancia con mediocridad

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