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“Acordeón de forma hexagonal u octogonal, de fuelle muy largo y teclados cantantes en ambas caras o cubiertas”. Esa es la definición que la RAE da a la palabra ‘concertina’. De todos los eufemismos que he escuchado en el último año, este es el más sangrante, en todos los sentidos. El vocablo, aunque no figura en el diccionario, sí figura en la jerga militar como un invento que tiene su origen en la I Guerra Mundial. La industria militar siempre tan locuaz para dotar de poesía a la muerte.

 

Sería mucho más ajustado a la realidad usar ‘alambre de espino’ o ‘cuchillas’. Pero son palabras crudas, burdas, crueles y sin más lirismo que la violencia. Qué menos que, en medio de semejante barbarie, tuviéramos el estómago suficiente para tragar con ello. Desde hace unos años, cada vez que escucho una palabra que trata de suavizar la realidad me acuerdo de la neolengua de la que nos habló George Orwell.

 

Puestos a buscar un símil en un campo diferente al militar, en vez de recurrir a las acordeones podríamos irnos a la pesca: arpón no estaría bien, porque esas cuchillas no se conforman con cortar; desgarran. O anzuelo, porque más que ballenas se les trata como a salmones que intentan subir contra corriente a la desesperada.

 

Concertina, así dicho, me suena a que les vamos a recibir con una orquesta sinfónica de bienvenida. Que tras su penoso viaje de varios años les vamos a facilitar empezar de nuevo porque, por mucha crisis que haya, seguimos siendo los ricos (de verdad de la buena). Y entonces veo ese alambre con esas cuchillas en la tele, trazando espirales de muerte infinita, de círculo vicioso que se devora a sí mismo. Erigiendo sobre la tierra el pérfido carbón que trazó una línea el mapa.

 

Y espero alguien que sepa dar la palabra exacta a la realidad, que exhale en su aliento una verdad como yo no sé.

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