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Pedir perdón sin pedirlo. Decir ‘te quiero’ sin querer. Desear Feliz Navidad sin creer en la Navidad o próspero Año Nuevo sin pensar en ello. Las palabras no cambian la realidad, sólo son una puerta hacia la verdad. Por eso, tenemos que buscar la llave apropiada para la cerradura correcta.

De otro modo, en vez de entrar en el castillo de los cisnes, entraremos en las chabola dos manzanas más allá o más acá. Quizá debiéramos hablar menos y mejor.

Llevo tiempo pensando en ello, desde que un día en Segundo de Periodismo nos dieran una clase sobre los eufemismos en el tiempo político. Últimamente oigo muchas teorías que afirman que hay que cambiar el lenguaje para cambiar ciertas realidades más o menos buenas, más o menos discriminatorias. También sigo leyendo una variedad tan interminable como imaginativa de eufemismos políticos y económicos. Si quienes los crean mostraran la misma creatividad para el bien de la Humanidad, este sería un planeta mucho mejor.

No creo que el lenguaje cambie la realidad o la verdad en un sentido o en otro. Más bien, crea un estrecho pasillo para bordearla sin tocarla y sólo verla desde lejos. En cambio, la palabra exacta es una luz en la oscuridad, un foco que ilumina precisamente el objeto que queremos atrapar, sea como sea.

Personalmente, prefiero que la linterna me muestre al tigre con las fauces abiertas que a ‘un gatito meneando juguetonamente la cola’ para luego ser devorado sin remedio.

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