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No me gusta mucho apresurarme, aunque los que me tenéis en el caralibro ya habéis recibido mi felicitación. Por aquí os deseo lo mismo que por allí, ‘que el misterio de la pequeñez os ilumine’. No sé muy bien cómo, pero se me ocurrió poner esa frase. Después de una misa que más que del gallo a las ocho de la noche que pareció la del pollo, tuve la ocasión de participar en una misa del gallo (esta sí, a medianoche) en una hermandad (los ‘Humeros’). La cosa era opcional, pero sigo la máxima de que donde uno va tiene que aprender de la cultura local, porque es lo que hace único ese lugar. Ahí nos dirigimos dos novicios para ayudar a Javier, nuestro submaestro, al que le habían pedido celebrar la misa

El programa musical de esta segunda misa incluía un variado repertorio de estilo flamenco. Pero flamenco capaz de erizarle a uno los pelos. Buena música y sobre todo, preparada con mucho cariño. Creo que lo que más me gustó de todo fue que los propios miembros de la hermandad se encargaron de todos los preparativos y fueron quienes movieron la celebración. El cura era uno más, en su función, pero uno más.

Un último dato. Llamativo que la gran mayoría de quienes acudieron a esta misa (en un entorno muy familiar, en una capilla pequeña pero a rebosar) eran escandalosamente jóvenes para lo que se espera en esta sociedad. Sí, de esos (y esas) que nuestro planeta dice que deberían estar cociéndose en algún bar pero que preferían cantarle a la Navidad.

Creo que encontré el misterio de la pequeñez. De un grupo pequeño que en una noche de tormenta se reúne en una pequeña capilla para celebrar que el más grande de los seres se hizo lo más pequeño que pudo y así cambió el mundo.

Que tengais una Feliz Navidad

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