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Parecía que el noviciado iba a entrar en una alegre rutina cuando, sin previo aviso, nos han cercenado. Ha sido con la marcha de Rafael, que hasta hace no mucho parecía el más convencido de los cinco con esta aventura. Al menos, eso se desprendía por sus palabras (y sabe usarlas muy bien). Se fue el lunes, aunque ya nos había avisado un poco antes. Como es lógico, todos hemos buscado alguna explicación y hemos tratado de racionalizar lo sucedido. Da igual, solo él lo sabe, y es muy honesto el retirarse cuando uno sabe que no está donde tiene que estar, algo de lo que no todos son capaces.

Creo que aunque sea, se puede sacar algo bueno de esta pena, y es el estar siempre alerta. Como en la parábola de las mujeres que esperan al novio, en la que unas prudentes tienen aceite para toda la noche y otras, no. Al final, sólo las que estaban preparadas para la espera llegan a conocer al novio. Algo de esa actitud tenemos que desarrollar, porque la noche es larga y la visita puede llegar en cualquier momento.

En estos días he sentido como si me pusieran un espejo enfrente, de repente me he mirado. “Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar”, dice la sabiduría popular. Es, para mí, la primera vez en la que otro fraile se va, y soy consciente de que no será la última. Ahí han estado atentos algunos con muchos más kilómetros que yo en este camino, que han visto partir a muchos más. De ellos he escuchado muchas frases, pero me quedo con dos:

– “La vocación hay que renovarla cada día”.

– “Al final, esto es algo entre Dios y yo”.

 

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