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Hace unos días una conversación me sugirió un concepto: los cajones ideológicos.

 

El concepto es bien claro y asumido en nuestra sociedad: cuando adoptas una postura sobre un tema polémico, automáticamente pasas a formar parte de un grupo ideológico, asumiendo todas sus opiniones en todos los asuntos públicos. Por ejemplo, si el gobierno X quiere privatizar la Sanidad y me muestro en contra, automáticamente soy feminista, estoy a favor del aborto, en contra de las corridas de toros, y a favor de que abran todas las fosas comunes de la guerra y se juzgue hasta a los que ya están muertos. Al día siguiente digo que Franco está muy bien con tanta piedra encima y que no es cuestión de ponerse a sacarlo de su tumba, y paso de amigo del Ché y de las ballenas japonesas a nazi filo-fascista.

 

Lo más curioso de todo esto es que no hay nadie que sea el típico progre o el típico facha o el típico nacionalista catalán. Ni siquiera existe el típico borroka. Nadie conoce a nadie que sea el ‘típico’ lo-que-sea y aun así seguimos aplicando los estereotipos a los demás, también a nosotros. Cuántas veces somos capaces de apuntarnos al carro de algo que no nos convence sólo por seguir identificados con uno de los espectros ideológicos dominantes o a los que sencillamente queremos pertenecer.

 

Pues no. Yo reivindico el derecho al pensamiento libre. Defiendo el derecho a que cada uno sea capaz de formarse una opinión madura sobre los principales dilemas de nuestra sociedad. Que por expresar una opinión no reciba la condena de asumir todas las posiciones ideológicas del grupo mayoritario que la defiende. Que puedo estar a favor de la igualdad de las mujeres pero enseñar las tetas gritando para defenderla no me tiene que parecer necesariamente bien.

 

Se trata de asumir el proceso inverso en el que pretenden educarnos. Desde que cambiaron la Filosofía y la Ética por la Educación para la Ciudadanía, y como la vayan a llamar ahora, han perpetrado un sistema perverso. Antes nos daban los planteamientos, ahora nos dan las respuestas. Antes nos hacían reflexionar sobre el amor, la libertad, o la política y nos contaban qué habían pensado Platón, Aristóteles, Séneca, San Agustín, Santo Tomás, Sartre, Hegel, Marx, Descartes, Kant, etc. Ahora ya no vale reflexionar sobre un tema, sino aprender una postura de ‘valores ciudadanos democráticos’. Lo que para unos significa una cosa y para otros la contraria.

 

Pero nadie nos cuenta que para buscar buenas respuestas hay que formular mejores preguntas.

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