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En una semana he visto dos películas sobre la Guerra Civil y sus consecuencias. Ambas contaban la historia de un martirio innecesario, con verdugos de diferente bando apretando gatillos iguales. Hablo de ‘La voz dormida’ y ‘Bajo un manto de estrellas’. La primera fue bastante reconocida y ganó varios premios ‘Goya; la segunda se estrenó el viernes, y el sábado había en la sala de cine seis personas.

 

Las dos, como películas, son mejorables. La primera por maniquea, por unos personajes que más que esperpénticos llegan a grotescos. ‘La voz dormida’ se salva por la magistral actuación de María León, su personaje es el menos político de todos. ‘Bajo un manto de estrellas’ narra el martirio de unos dominicos beatificados. La historia no peca de ese maniqueísmo pero los personajes son como de cartón. Funciona como documento histórico, no como un largometraje que sentarse a ver con palomitas. Hay, por supuesto, muchas más opciones para ver en la pequeña pantalla la Guerra Civil. Pero todas parecen marcadas por un determinado resentimiento..

 

Esta coincidencia de visionados me ha conducido a memorias más personales. La ‘Guerra’, de vez en cuando, se hacía presente durante mi infancia. Sucedía cuando me dejaba comida en el plato y mi abuela soltaba el típico reproche: “¡La posguerra tenías que haber vivido!”. Se enfadaba mucho, y no entendía el porqué. Hoy día ya lo capto un poquito mejor.

 

Con catorce años sucedió algo que cambiaría el relato de la historia familiar, al menos para mí: fui a ver ‘Enemigo a las puertas’ con mi padre. Esta película relata la historia del francotirador soviético Vassili Zaitsev en la batalla de Stalingrado, durante la Segunda Guerra Mundial. La película me encantó, y comentando la jugada al salir del cine, mi padre soltó: “Pues el abuelo estuvo luchando ahí”. Se me pusieron los ojos como platos y empecé a preguntar; entonces descubrí una historia que también es digna de ser llevada al cine, con peleas de bar, tanques sobre hielo, cigarro, alcohol y medallas de por medio. En honor a la verdad, la historia familiar sucedió en Leningrado, que también fue una batalla de esas que quedarán marcadas a fuego en los libros de Historia. Desde aquel momento empezó a interesarme de verdad qué había pasado con mi familia, pero había pocas fuentes a las que recurrir.

 

Por esas fechas de mi adolescencia, mi abuela materna comenzó a vivir con nosotros a temporadas. Un día en clase de historia empezamos a estudiar la II República. Así que le planté el libro de texto y empecé a preguntarle por los personajes que aparecían en las páginas. Se acordaba de todos y, como ella era el único miembro de la familia vivo que había experimentado todo aquello, me puse a preguntarle. Y como buena vieja, habló por los codos. Descubrí otra apasionante historia cuya protagonista era una joven costurera que osaba no hacer el saludo fascista. Cuando recibía amenazas, recordaba a los soldados falangistas que a ver quién más iba a arreglarles los pantalones. En esa misma historia, daba la última cena a costa de su puchero a tres fugitivos que vería fusilados días después.

 

Nada más lejos de mis intenciones que pasar al celuloide o a una novela mis recuerdos familiares, pero sí mantener la memoria sobre lo que sucedió. Primero fue la hagiografía revanchista de unos, luego fue la hagiografía revanchista de los otros, y quizá ahora podamos empezar a contar otro tipo de historias. Historias de amor, de reconciliación, que nos quiten el complejo y cicatricen las heridas de un conflicto que nosotros no hemos vivido. Que nos hagan descubrir que incluso en aquellos momentos de dureza hubo gente que luchó por la humanidad. Ese es el mérito de ‘Bajo un manto de estrellas’.

 

Victor Frankl escribió en ‘El hombre en busca de sentido’ que hay dos tipos de personas: “Decentes e indecentes”. Incluso en los nazis de su campo de concentración.

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