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Voy a predecir el futuro: los religiosos somos pocos y seremos menos. Esta era fácil porque basta con observar la media de edad de frailes, hermanas, y demás grey del señor. Creo que no es algo que piense yo exclusivamente. La primera vez que oí semejante afirmación fue hace más de diez años en una Pascua Juvenil; a mí la cosa me sonó a chino. La última ocasión en la que he escuchado esta profecía numérica ha sido durante todo el fin de semana en unas jornadas con casi cien religiosos y religiosas de Andalucía. La idea flota en el ambiente y se toma como una realidad inevitable.

Ahora voy a hacer otra profecía: qué bien nos va a venir ser pocos y sentirnos débiles. Otra vez, la idea no es exactamente mía, la leí hace unos meses en un libro de Pierre Claverie, obispo de Orán asesinado en 1996. Él contaba que se habían encontrado con un problema: ya no necesitaban más las religiosas misioneras enfermeras, porque había de sobra enfermeras argelinas para los hospitales; pero que les darían trabajo porque todo el mundo las quería. Refexionaba Claverie sobre que dejarse ayudar también podría ser un testimonio.

Leyendo esa historia pensaba qué sucedería si de repente todas las órdenes y congregaciones perdieran sus colegios y hospitales. Imagino hordas de religiosos presentando sus currícula y preparando oposiciones. Imagino cientos de comunidades pasando estrecheces económicas, como todo hijo de vecino en esta España de los albores del XXI. Imagino que eso sería un shock de realidad que sentaría como un jarro de agua fría.

La realidad no será tan dura, pero sí mostrará que no va a ser posible ocuparse de todo lo que se ocupan hasta ahora los religiosos, y que muchos campos en los que éramos imprescindibles funcionarán perfectamente sin nosotros, gracias a Dios. Uno de los ponentes de este fin de semana decía que como los religiosos, nadie atiende un hospital o un colegio. Me alegró ver los gestos de negación generalizada entre el público.

¿Qué hacer entonces si no hay ‘nada’ que hacer? Voy a seguir citando a gente que sabe mucho más que yo. Timothy Radcliffe (anterios maestro general de los dominicos) decía en uno de sus escritos que le encantaría poner en profesión ‘símbolo escatológico’. En el sentido de que podríamos ser signos del viaje hacia Dios. Este texto es de los años 90, y posiblemente Radcliffe no se imaginaba cómo iba a ser el mundo hoy día. Quizá deberíamos dedicarnos más a ser esos signos del viaje que todo ser humano hace en su vida, quiera o no. Signos visibles que orienten. Brújulas, prodíamos llamarnos. Qué bonito sería que cuando nos miren vean una flecha que señala el norte de la vida.

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