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El novicio que escribe se enfrentó el viernes de la semana pasada a su primera predicación. Acostumbrado a hablar en público, con una lengua que no calla ni debajo del agua, y frente a la tarea de predicar ante un impresionante público compuesto por… cinco personas. Trabajo fácil, pensarán; pues están equivocados porque me entraron más nervios que en mi primer día de prácticas.

Siempre me ha llamado la atención el uso que se da en este gremio a la palabra ‘predicar’, que casi siempre es sinónimo de homilía o variantes parecidas. En definitiva, de dar un discurso sobre algo tan importante como la Palabra de Dios, para que ayude a las personas que escuchan a conocerla y a sentirse acogidos por la Gracia. Casi nada. En la teoría todo el mundo defiende que predicar es algo que se hace en todos los aspectos de la vida, pero en la práctica el uso de este verbo ha quedado muy limitado. Entonces es cuando me sale la vena reivindicativa y digo que a ver si cambiamos un poco la forma de expresarnos. Que es obvio que se predica en una homilía. Pero también cuando da clase, cuando estudia, cuando pasea por la calle, cuando dedica tiempo a escuchar a alguien que lo necesita, o cuando es austero en sus gastos personales.

Y por reivindicar alguna forma de predicar en concreto, hoy haré publicidad del arte; pintura, música, cine, teatro, escultura, incluso arquitectura. Aquí van dos de mis cuadros favoritos:

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El primero es inconfundible por su estilo de luces y formas: El Greco. El segundo es un Caravaggio perdido durante la II Guerra Mundial, probablemente destruido. Se titula ‘La inspiración de San Mateo’ y fue desechado por el Vaticano, que obligó al pintor a hacer una segunda versión que mostrara más respeto por la santidad del apóstol. Estudiando Historia del Arte en la Universidad descubrí este cuadro y no me quito su imagen de la cabeza desde entonces; de eso hace ya seis o siete años. Parece como si el evangelista y el ángel dialogaran; como si el primero se viera sorprendido por todo lo que le está sucediendo, y el segundo le tranquilizara. Al mismo tiempo se ve un San Mateo que parece escudriñar en sus recuerdos al Maestro para hacerle justicia en su escrito. Se ve, en definitiva, a un hombre esforzado consolado y guiado por el ángel en su quehacer, muy lejos de un supuesto ‘éxtasis’ de iluminación. La fe cuesta.

Pero como este año veo difícil viajar a Toledo para ver los cuadros de ‘El Greco’ y tampoco espero encontrar milagrosamente el lienzo original de Caravaggio, me tendré que conformar con algo más cercano.

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Con este nombre el domingo se inauguró una exposición en el Convento de Santo Tomás de Aquino, en Sevilla, de la artista Puerto García Sierra (sobre estas líneas, una foto de la inauguración). Esta muestra pasó ya por Machacón (Salamanca) y Barcelona, ahora está en el sur. No es casualidad que esté en el claustro de un convento, donde permanecerá hasta Pascua. Para llegar a exponerse en este centro dominico de Sevilla ha pasado mil y una aventuras, hasta que finalmente una persona contactó con la persona adecuada, que a su vez contactó con la persona adecuada.

Y gracias a esta cadena que es de todo menos casualidad, tenemos la ocasión de mostrar unas obras “para rezar”. Lo pongo entre comillas porque no lo digo yo sino la artista, Puerto García. En sus obras nos ofrece una visión enfocada por sus ojos y su corazón de algunos de los pasajes más significativos de los Evangelios.

Entonces, me quedo mirando a su mendigo pidiendo en las esquinas, ese que abrió los ojos… y pienso que cómo no me va a acercar a Dios sentir esos trazos grises y dorados. Cómo no va a ser predicar sin palabras. O me acerco a los ojos que son viga, que son brizna y son espejo, para que me miren y yo me vea en ellos.

Una de las mejores cosas es que todo esto del arte exige tiempo e iniciativa. El cuadro (cualquier cuadro) está ahí, esperándo a que te acerques y le mires. Y te mires.

*la foto es de Valentín Miguel García Oviedo.

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