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Sobreviví a la Semana Santa sevillana, y puedo decir que con un aprobado alto, casi casi un notabe. No está mal para ser un primerizo en estos menesteres donde los capirotes desfilan media hora como hormigas delante del rostro hasta que llega el paso. Cinco minutos de avance y vuelven los nazarenos por parejas delante de mis ojos. Otros treinta minutos, y el segundo paso. Desbandada general, atasco de peatones (bulla lo llaman), y paciencia para buscar la siguiente cofradía. Búsqueda de caminos alternativos para tropezar con el menor número de espectadores y tener después un buen sitio. Vuelven a pasar los nazarenos, el paso, los nazarenos, el paso. A otra procesión. Y así varias veces cada día.

Desde el punto de vista de un forastero, la Semana Santta en Sevilla se podría resumir así. Búsqueda y espera para ver unos pasos que son obras de arte barrocas. Cristos y vírgenes expresivos, mantos de finos bordados, el son de las marchas. Algunos, como ‘El Cachorro’, imágenes espectaculares y expresivas. Otros, como la Macarena, objeto de gritos y alabanzas. Algunos, como el Gran Poder, entre un mistérico silencio mientras el viento se alía con los costaleros para animar al nazareno y que de verdad parezca andar.

Bonito y hasta precioso. Pero nada que para alguien de fuera le dé una respuesta. ¿Qué ven ellos que yo no? Creo que la respuesta puede estar en esta foto.

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