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Veo que una conocida marca francesa de máquinas de afeitar aprovecha la coyuntura para anunciar una máquina con el escudo de la selección española. En realidad, es una máquina que lleva años en el mercado pero a la que han renovado con un dibujito. Me pregunto cuántas de esas habrán vendido antes del descalabro ante Holanda, y de qué sucederá si esta tarde gana ‘La Roja’; la roja española, aclaro. Y me pregunto si habrá alguien que tuviera la misma máquina o parecida y que, sin necesidad de cambiar, haya comprado la ‘nueva’ sólo por sentirse junto al equipo de sus amores mientras se retoca el bigote. Imagino que los ‘creativos’* de esta empresa pronto sacarán máquinas de afeitar del Madrid, del Atleti, del Barça, y hasta del Sevilla, y además tendrán su público.

 

El caso de las maquinillas de afeitar en general es muy sintomático en general. Antiguamente se utilizaba una navaja que había que afilar, y cuyo manejo tenía su grado de destreza y aprendizaje. Pero llegaron las hojas deshechables con ese manguito y el afeitado con parkinson se hizo casi una realidad.

 

A cambio nos esclavizaron a consumir periódicamente sus productos. Las triples, cuádruples, y hasa quíntuples hojas apuran con precisión de cirujano pero pronto dejan de servir; y es imposible afilarlas. Su destino… la basura. A este paso, quizá llegue el día en que tiremos al contenedor hojas de 27 cuchillas, wifi 4G y subwoofer. Al fin y al cabo, la sociedad ha aceptado que el afeitado y otras actividades requieren productos deshechables. Los botellines de plástico, los bolígrafos no recargables, o los pañuelos de papel dan fe de ello.

 

Y entonces llegó Ikea. Sí, Ikea. Sí, esa empresa sueca que se fijó en algo tan personal como los muebles y lo convirtió en un artículo de moda, como si de una tienda de ropa se tratase.

 

Lo peor es que han tenido éxito. No me malinterpreten, me encanta que den trabajo a tanta gente, sólo me disgusta que conciban el mueble ‘de temporada’, que hay que renovar ccomo las camisetas.

 

Lo más perverso de todo el sistema es que en términos de PIB, que para muchos es sinónimo de ‘economía’, Ikea es mucho más beneficioso que un maestro carpintero o ebanista. Necesita trabajadores mucho menos cualificados, a los que paga menos, y cada uno sin embargo produce más beneficios por la cantidad de ventas. Como son menos cualificados, aunque produzcan más se les puede pagar menos. El negocio es redondo, ¿no?

 

Coste de oportunidad

Uno de los conceptos que se enseñan en cualquier introducción a la economía es el ‘coste de oportunidad’. Es la expresión científica de una frase de mi madre: “No se puede tener todo”. Equivale también al refrán: “No se puede estar en misa y repicando campanas”. Por ejemplo, no podemos ser punteros en investigación y desarrollo si la construcción supone (suponía) la mayor actividad económica. Un ejército de albañiles hará muchas casas y ningún helicóptero.

 

Tranquilo. El mueble ‘de temporada’ es más barato que cualquier otro. Supongamos que cueste la mitad. Probablemente, al quinto escritorio de Ikea uno haga las cuentas y se dé cuenta de que ha pagado por dos y medio de los que habría hecho un maestro carpintero. Y mientras, los que trabajan en Ikea con un sueldo relativamente bajo podrían haber estudiado una carrera, incluso un doctorado, y ser neurocientíficos. Por no hablar de la deforestación.

 

Por supuesto, según el PIB y ciertos gurús este comportamiento económico responsable sería catastrófico.

 

*Fray Javier Rodríguez me hizo notar que el término ‘creativo’ es un anglicismo más que atenta contra nuestra lengua castellana, cuando lo más correcto sería decir ‘creadores’.

 

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