Super Luna (2)

“Antes el hombre tenía las estrellas y ahora las ha perdido con las luces de ciudad. Antes teníamos el horizonte en el mar y lo hemos perdido. Nuestro mundo es ahora mucho más pequeño”. Javier Caballo es todo un poeta que continuamente invoca a las musas. Normalmente le hacen caso, y el pasado viernes le susurraron al oído esta lapidaria sentencia. Yo, que pasaba cerca, lo anoté en mis neuronas, seguramente a él los versos le rimaban mucho mejor.

Existe algo en lo profundo del ser humano que se revuelve cada vez que miramos al cielo de una ciudad. Podemos escucharlo o ignorarlo, pero jamás silenciarlo. Si dejamos de oírlo es porque tapamos nuestras orejas. Ese algo es un grito desde lo hondo que nos recuerda que las estrellas están detrás del naranja inerte del cielo urbano.

Propongo, de hecho, un ejercicio. Por lo menos una vez al año, llenar un coche, cargar unas mantas, bebida y algo de comida en el maletero, y poner rumbo a un lugar lejos de cualquier poblado; preferiblemente un monte. Entonces, pasar la noche mirando al cielo, recreándose en la inmensidad, y en lo ínfimo de nuestra existencia que precisamente por minúscula es tan milagrosa y determinante en la historia.

Prefiero ser una mota de polvo en la inmensidad que un dragón en la nada.

¿Y qué tiene que ver esto con el noviciado?

Me salto capítulos, permanezco en silencio dos meses, y reaparezco apenas tres semanas antes de que termine el noviciado; lo hago con delirios pseudopoéticos que incitan a la contemplación del horizonte estelar, y me quedo tan feliz. Quizá sea porque en el libro de las Constituciones de la Orden de Predicadores tengamos escrito a mano una cita de Demócrito: “Los ideales son como las estrellas, no se pueden alcanzar pero iluminan el camino”.

En realidad estoy absolutamente en desacuerdo con tan sabio griego, ya que además de iluminar el camino, las estrellas sí se pueden alcanzar. Quizá no hoy ni mañana, ni en este siglo. Pero algún día, el ser humano las alcanzará. Eso tiene un nombre mucho mejor que ‘ideal’, y es utopía. No lo veremos, pero llegará cuando alguien cumpla nuestros sueños.

El fin del noviciado, en parte, es creerse que uno está cerca de tocar la utopía, cruzar las estrellas, y ser empujado hacia… no sé muy bien hacia qué, como nunca supe muy bien hacia dónde me dirigía en cada momento importante de mi vida. Ni siquiera podría asegurar ufanamente que al final está Dios, porque Él está en todo el camino.

Lo importante de soñar con la inmensidad es en el fondo saberse parte de ella, y saber que no da igual lo que uno elija hacer o dejar de hacer. Creyéndonoslo podamos, quizá, recuperar un mundo en el que el compromiso para toda la vida vuelva a ser posible para tantos que ya lo han perdido.

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