Menos de una semana para, literalmente, cambiar mi ser. Agazapado en la pista, en la espera de que el juez de pista dé la salida (ahora que se usa tanto este término). Con los músculos tensos y el corazón acelerando el ritmo. Con la voluntad que no es mía y con yo que no soy yo, pero por eso soy más yo que nunca.

Como un atleta que espera el pistoletazo de salida, que recogerá los réditos de toda una vida de entrenamiento, renuncias y sacrificio.

Como un expedicionario que se lo juega todo por haber metido o no en su mmochila una cuerda lo suficientemente larga y resistente.

Como un alumno que se enfrenta el examen más importante de su vida, en el que vuelca sus horas de estudios y de reclusión

Como alguien que espera toda su vida un momento, y cuando este llega tiene que decir ‘sí’.

Así, como el verdadero comienzo de la vida, se siente el final de un noviciado.

Podría expresar mil y una comparaciones y ninguna sería exacta, porque para hablar de Dios no se puede aspirar a un adjetivo preciso y científico.

Lo importante es que esto va para largo. Para toda la vida igual que viene, en el fondo, de toda mi vida, desde el principio que no recuerdo.

A veces me pregunto por qué escribo estas notas personales en el blog. Supongo que es para no olvidarlas, para tener anotado qué es lo que siento a día de hoy, para examinarlo cuando el futuro inexcrutable se haga presente. Pero no es solo eso. Aspiro, quizá demasiado ambiciosamente, a hablar con naturalidad de una realidad de la que participo y soy consciente de que es minoritaria. Me asombro, porque sé que esta sensación de tensión antes de la carrera se puede dar en muchos momentos y opciones de la vida.

Quizá lo que estoy haciendo no sea tan anormal, sólo un poco raro estadísticamente hablando. Quizá en el fondo se parezca mucho a otras opciones de vida en cuanto a la necesidad de vivirlas con intensidad y hasta el fondo. Quizá cuando estuve de vacaciones y más de uno se quedaba admirado porque esto, admitámoslo, es una vida con sus dificultades, yo ponía cara de no darle mucha importancia y responder que su vida tampoco era un camino de rosas. Normalmente me daban la razón.

Y todo esto me recuerda a esta escena de ‘Gattaca’, una de mis películas favoritas:

Hacia el minuto 4: “¿Quiéres saber cómo lo hice, Anton? ¡Nunca guardé para la vuelta!”. Espero recordar esta frase no sólo el domingo, sino siempre, hasta el final.

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