Periodistas. En cosa de un año, he visto tres noticias de periodistas que abrazaban la vida religiosa. Hay una primera razón evidente, como es que  los del gremio se conocen entre sí, y que a alguien le suceda esto no es normal. Por tanto, si es a un periodista, sus compañeros irán raudos a marcar su número de teléfono para que les cuente su historia: una página fácil, atractiva, y  con sustancia.

Es la explicación obvia, pero creo que hay algo más. Un periodista es, posiblemente, la profesión que hoy día requiere más conocimiento general y más vista general de la realidad. Si un ingeniero ve una parte de un edificio, el periodista ve la ciudad entera; es capaz de apreciar las conexiones entre los diferentes humanos y darles un sentido, porque su trabajo así lo exige. No olvidemos que de lo que se sabe a lo que se publica hay un trecho, y una censura muy marcada generalmente por el propio profesional y por el medio en el que trabaja.

Un ejemplo. Cuando vivía en Ceuta fue el tiempo del 15M, ese que tanto comenzó a criticar con fuerza a los políticos. En aquella ciudad, particular por periférica, la mayoría de los que auspiciaban tal movimiento fuimos periodistas. Imaginemoslo, profesionales que rara vez critican a un político y que sin embargo tratan de levantar un movimiento contra la clase gobernante en la ciudad. Da que pensar, ¿no? Profesionales que, en muchos casos, se juegan su sueldo porque viene en buena medida dado por subvenciones públicas.

Estoy bastante convencido, aunque pueda parecer un tanto arrogante, de que un periodista está más cerca de conocer la verdad oculta que la gran mayoría de gente que trabaja en otras profesiones, excepto quizá algunos espías del servicio de inteligencia. Los periodistas, la mayoría, se metieron en lo suyo por amor a la verdad. La mayoría acabaron desencantados y se vieron en una espiral viciosa de ocultamiento.

Esos mismos periodistas han tenido, desde siempre, el ansia en las venas de contar historias con nombres y apellidos. Crónicas dignas de un Pulitzer, que muevan a la gente y que indigesten el desayuno. Sí, el sueño de todo periodista es indigestar el desayuno de su lector, y que éste se lo agradezca. Paradójico, pero no contradictorio.

Ahora juntemos el amor por la verdad con el amor por contar historias. ¿Qué historia es la mayor jamás escrita y la más verdadera jamás contada? ¿Qué son las demás historias en comparación con esa? Si un periodista se juega la vida por una foto… ¿no perderá -y con ello ganará- su vida por la mayor historia jamás contada?

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