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captar sin ver

Este ha sido el primer año que he disfrutado de las Fallas (una fiesta tradicional menos que visitar). Feliz de mí, decidí sacar la cámara de fotos para sacar algunas imágenes de la cremá (que podéis ver en mi galería de Flickr).

Con lo que debí haber contado es que soy uno de los pocos bichos raros que todavía tienen gusto por manejarse entre conceptos como ‘exposición’, ‘velocidad de obturación’, o ‘apertura de diafragma’. Hace años (no tantos) que las cámaras de fotos han desaparecido para ser sólo una parte más de los móviles.

Hay algo casi ritual en el hecho de preparar una fotografía de fuego. Pero no hay nada romántico en alzar un móvil y grabar un vídeo de 15 segundos que queremos enviar a cinco grupos de Whatsapp. Prisas, prisas, y más prisas. Todo por una imagen. Por más que alguien viera nuestras fotos no podríamos hacerles llegar la oleada de calor, el humo negro a través de las vías respitatorias, el sonido de la traca y la vibración de su retumbar.

Pero a veces castramos nuestra percepción. Primero, la reducimos a un sólo sentido, la vista. Después, maltratamos nuestros ojos con imágenes que sólo dicen ‘yo estuve aquí’, donde el ‘yo’ es mucho más importante que el ‘aquí’.

El problema de todo esto es que perderemos la habilidad de contar historias y sólo nos importará el momento presente. El momento será a la vez pasado, presente y futuro, y vagaremos sin un sentido, saltando de una imagen a otra, y nuestra vida será una sucesión de fotogramas sin un antes ni un después, sólo un ahora.

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