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Partamos de un hecho. La religión es una cuestión universal. Con universal me refiero a que afecta de una manera u otra a todos los hombres, sea para adoptar una religión, sea para rechazarlas todas, sea para optar por otros tipos de espiritualidad, sea para decidirse por la indecisión (es decir, agnosticismo).

Ahora ya se oyen campanas electorales sobre quitar la religión de las aulas. Y si no escribo, reviento. Pretendo solo contar mi experiencia en clase de religión, y con ello la de al menos otros treinta jóvenes de mi edad. Una experiencia que posiblemente quede un poco lejos, esperemos convertir el defecto en virtud adoptando la perspectiva.

A lo largo de mi etapa escolar tuve, según recuerdo, tres profesores de religión. Todos sacerdotes claretianos, congregación a la que pertenecía el colegio concertado en el que estudié. Del primero de ellos no tengo un recuerdo significativo.

Del segundo… ay del segundo. De ese sí. De las aburridas clases de religión de los primeros cursos de primaria pasamos a tener un tipo que nos contaba historias… las historias de la Biblia. Nos las contaba y nos las interpretaba, al nivel que se puede para niños de 10-12 años. Aun así, quedó lo suficientemente claro la diferencia entre judíos y cristianos, Antiguo Testamento y Nuevo Testamento, historia y fe… ese tipo de cosas que permiten pensar. En secundaria nos introdujo en la realidad del resto de grandes religiones: sin prejuicios negativos, simplemente acercándonos a otras maneras de vivir la relación con Dios. Gracias a ese profesor, por ejemplo, pude seguir muchas de mis conversaciones en el año y medio que viví en Ceuta y me relacionaba con muchas personas de religión musulmana.

En cuanto al tercero, resaltaré una cosa. Con él estudié el ateísmo, lo que decía la filosofía sobre la religión, tanto filósofos creyentes como no. Incluso llegamos a hablar, en Bachiller, de Marcel, que no es moco de pavo para niños de 16 años. Y recuerdo que por aquella época estaba muy interesado en ese tema y le planté un trabajo sobre el ateísmo marxista, por el que no me acuerdo si recibí un 9 ó un 10.

Igual tuve muchísima suerte con mis profesores de religión, pero de una cosa estoy seguro: no es responsable que un joven de 16 años nunca se haya preguntado seriamente sobre la trascendencia o el sentido de la vida.

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