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En lo personal, están siendo unos meses inesperados; empiezo así para explicar el motivo por el cual no me paso por aquí en tanto tiempo. Quizá dentro de un tiempo comparta al respecto algunas reflexiones vitales. Sin embargo, lo que me ha hecho volver a escribir es uno de los temas de moda, nunca mejor dicho: todo eso de la ropa con la que nos vestimos.

Viendo el programa de ‘Salvados’1 sobre la industria textil encontré muchas cosas que me llamaron la atención. Tanto, que el primer impulso que le sale a uno es comenzar a renovar el vestuario y consumir de una manera más ética y sostenible. Sin embargo, una de las trabajadoras camboyanas de Inditex pide que hagamos justo lo contrario: que compremos más para que les den más trabajo.

Desde nuestro punto de vista, la situación es difícil. Resulta complicado aceptar que nos pidan contribuir a su situación, que desde nuestro punto de vista es claramente de injusticia y explotación. ¿Es que nuestro punto de vista no es correcto? Uno de los argumentos que se dan es que en realidad Inditex y otras empresas textiles en realidad son un factor de desarrollo de los países2, y que lo hacen lo mejor que se puede hacer. Además, se podría acusar de paternalismo a nosotros occidentales que pretendemos salvar la vida a esos trabajadores que no tienen otra alternativa mejor. Parece, por tanto, que la única solución es esperar que ellos progresen ‘gracias’ al trabajo que les da el sector textil. Es de suponer que llegará un día en el que Camboya crecerá en términos de PIB y con ello los salarios.

Es aquí donde se encuentra el primer error. Cuando un trabajador de cualquier otro país salga más barato que un camboyano, las empresas irán directas a ese otro lugar, sea el que sea, y no tendrán remordimientos algunos en reducir ‘costes laborales’. Para quien haya visto el programa de salvados, el único empresario con fábrica en Camboya que accedió a dejarse entrevistar por Jordi Évole utilizaba esa expresión: “Costes laborales”. Un tipo de coste más, al igual que, digamos, el coste de maquinaria; solo que uno tiene que comer y se puede quejar y el otro, no.

Otro argumento es que las empresas generan muchos trabajos en España, lo cual es cierto, y que por tanto boicotear a esas empresas repercutiría en sus trabajadores. Es cierto que serían los primeros perjudicados en el sentido de que si perdieran su trabajo se verían más afectados que los altos directivos de su empresa. En realidad, Inditex ya ha destruido muchos puestos de trabajo en España, proceso que cuenta muy bien en el mismo programa de ‘Salvados’ la ex propietaria de un taller textil gallego.

Así que parece que sólo hay dos alternativas: o seguimos porque es lo menos malo o dejamos de comprar y causamos el cataclismo.

¡Mentira! Eso es lo que quiere hacer creer el sistema: sólo hay dos opciones, aceptar el sistema o la barbarie.

¿Se puede hacer algo, entonces?

A veces, los consumidores olvidamos el poder que tenemos. A veces lo recordamos y paramos el ERE de Coca Cola. El papel del consumidor debería ser principalmente positivo. No queremos que dejéis sin trabajo a miles de camboyanos: queremos que no tengan que trabajar 10 horas al día por un suelo nimio y que les permite alquilar entre cuatro una habitación. Por tanto, se trataría de una acción de boicot con un fin concreto. Eso requiere una gran labor de sensibilización previa en la que no hay que escatimar esfuerzos. Pero es que también sería necesaria una labor de sensibilización en los propios trabajadores de los países productores. Así, por ejemplo,

Por otra parte, si la empresa es internacional y se coordina a nivel internacional… ¿por qué su comité de empresa no lo es? Quizá sería lo más lógico, y así se podrían entender unos y otros. Aquí entra un problema grave: la producción está subcontratada.

Y por último, cabe un paso más. El concepto ‘fast fashion’ (hasta 50 colecciones al año) es claramente insostenible desde un punto de vista ecológico. Es el llevar al extremo la ‘obsolescencia programada’ a la ropa. Quizá deberíamos buscar comprar menos ropa, ir a tiendas de segunda mano, o a comercios donde nos aseguren una cadena de producción justa. De verdad, las hay.

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