Otro viaje, otro visado, otro país. Todo este silencio en los últimos meses no era más que el signo de un terremoto interior que no me dejaba tiempo para mucho más. En última instancia no sé muy bien por qué pero la única manera que se me ha ocurrido para no quedarme bloqueado ha sido la de elevar el nivel de aventura.

No es todo tan bonito; cansa mucho emprender un nuevo viaje para vivir en una nueva ciudad. Me pregunto si seré capaz algún día de asentar la cabeza pues desde que terminé la universidad he vivido en cinco ciudades de tres continentes. Santo Domingo va a ser la sexta. Quizá sea solo lo normal y mi vida esté destinada a esta especie de seminomadismo en el que dejas una parte de ti en cada lugar.

Me pilló por sorpresa, cuando llegué a Valencia dije: “Por fin un lugar en el que voy a quedarme un tiempo, tengo un proyecto para 4 ó 5 años”. La realidad, sin embargo, se encarga de destrozar nuestros planes y me indicó que el mejor camino estaba lejos de este lugar. Un sitio en el que alguna lágrima ha caído al dejarlo, después de todo.

Aun así, hay cierta diferencias. Cuando abandoné Ceuta estaba pletórico, igual que cuando cogí el vuelo que me alejaba de Sepahua. Eran cambios de rumbo importantes en mi vida. Ahora la apuesta es a, por lo menos, no dejar un camino a medias, la apuesta es a volver a encontrarme a ese Asier que devoraba la tecla, los libros, y la vida.

Creo que lo encontraré.

Mientras tanto, me propongo volver a escribir, volver a reflexionar sobre lo que vea a mi alrededor, que me da que va a ser mucho este año.

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