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Ya lo sé. Prometí hablar de las ‘voladoras’. Pero antes de nada, dentro vídeo:

Siento que cualquier palabra que pueda añadir a lo visto tiene poco sentido. Si en un país en el que impera la ley del tonelaje existe alguien capaz de arriesgarse a surfear entre las jeepetas con su silla de ruedas, cualquier cosa puede suceder. En fin, una muestra más del caos de este lugar.

Y ahora, pasemos a las ‘voladoras’. Se pueden describir como unas furgonetas tipo ‘combi’, o minibuses. O al menos alguna vez lo fueron. La última vez que una de ellas pasa por un taller suele ser nunca, o cercano a ello. El resultado: parches por todos los lugares, abolladuras, asientos que de ello solo tienen el nombre, suspensiones que consiguen acariciar las posaderas de los pasajeros con los neumáticos (gomas).

De manera razonable cabrían unas 20 personas a la vez. Por supuesto, eso implica ser unos 30 pasajeros sin problema. El precio es de 25 pesos (0’5€ aprox), y pasan cada dos minutos más o menos. Hay unas paradas aproximadamente estipuladas pero todo es flexible. También, incluso en momentos de máximo tráfico, no pasa nada por esperar un poco más (un poco más son lo que se tarda en andar 200 metros) con tal de coger uno o dos pasajeros más.

¿Cómo sabes que la voladora que viene es la tuya? Muy sencillo, lo lees. Hay unos recorridos, una especie de líneas. Entonces por si acaso preguntas al cobrador, que es un trabajador que está todo el rato asomado en la puerta vociferando las próximas avenidas por las que pasará la combi. Eso es un trabajo de alto riesgo, dadas las condiciones de la circulación. Hombres los más y también alguna mujer que asoman medio cuerpo por la carretera para captar viajeros, incluso de vez en cuando convencerles de que en realidad quieren hacer el trayecto de su ‘voladora’. Que no, señor, que en realidad usted quiere ir a Independencia, que le viene mejor a donde sea que vaya que no lo sé. Y no sé cómo lo venderán, pero de vez en cuando funcionan.

Y claro, el roce hace el cariño, así que no es tan inhabitual que uno de los pasajeros sea el centro de la atención. En uno de mis viajes me sorprendí mirando a la izquierda cuando atisbé a dos mujeres bailando de pie en una voladora, mientras que en la nuestra un hombre muy, pero que muy borracho, trataba de encararse a cualquiera que le diera conversación. Agarrado a la botella, que si vamos a la calle y tal y cual. La gente se reía de él. Yo, por mi parte, andaba un poco más receloso, porque ebrio o no, que te rompan una botella en el cuerpo no parecía un desenlace deseable. Por si acaso.

Y, por supuesto, estos vehículos siguen la ley del bollo. YO ESTOY MÁS ABOLLADO QUE TÚ Y NO ME IMPORTA TENER OTRO GOLPE. ¿QUIERES ARRIESGARTE A ESTROPEAR LA CHAPA DE TU JEEPETA NUEVA POR NO DEJARME PASAR?

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