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Vamos, una pregunta que cualquiera se hace en el café, y que como sé que os intriga, voy a tratar de responder en esta entrada. La respuesta es simple: ambos utilizaron el mismo tema para una de sus obras más conocidas.

A San Mateo casi todos lo conocemos más o menos, se trata de uno de los cuatro evangelistas, a veces confundido con el apóstol Mateo, el publicano, aunque no es probable que fueran la misma persona. Plauto llevaba más de 200 años muerto cuando se escribió el Nuevo Testamento, pero en vida había sido una de las personas más famosas de Roma. En definitiva, Plauto es a la Antigua Roma lo que Lope de Vega a la España del s.XVII o Shakespeare a la Inglaterra de la época.

Ese tema del que hablaba es, en cierta medida, muy navideño. En el texto de Plauto, Júpiter se encapricha con Alcmena, mujer de un general llamado Anfitrión, y se acuesta con ella. En la Biblia, las cosas son un poco diferentes. Eso sí, el resultado es el mismo. Tanto Alcmena como María quedan embarazadas de la mayor divinidad que pueden concebir los autores que escribieron las obras.

Tanto Anfitrión como José, esposos de las respectivas, se dan pronto cuenta de que tienen una cornamenta de esas de no caber en la puerta. Y, al final, tanto Anfitrión como José se alegran de que lo suyo haya sido con un poderoso Dios, y se convierten en felices padres adoptivos, de Hércules y de Jesús.

Además, tanto Júpiter como Dios se ayudan en la tarea de sus emisarios. El primero lo hace a través de Mercurio (dios mensajero), y el segundo, a través de “un ángel”, palabra griega que significa precisamente eso: mensajero.

Y para ser sinceros, hasta aquí las diferencias. La obra de Plauto es una comedia y, como tal, es desternillante. Muy desternillante, tanto que no voy a dar más datos de la obra para ver si la leéis. El texto de Mateo es una explicación de por qué Jesucristo es el mesías esperado por el pueblo judío, y por eso la narración es casi casi una argumentación que continuamente va citando las escrituras.

No sé si el evangelista Mateo había leído a Plauto. Por lo menos, es de esperar que conociera al menos ‘grosso modo’ la mitología grecolatina, y con ello el insaciable apetito carnal del rey del Olimpo.

Esta realidad nos muestra que, en realidad, las historias que nos cuenta la Biblia no son tan extrañas para otras culturas de la época. Aquí vemos una simple lista de coincidencias que no pasan de lo anecdótico, pero en otros elementos del Antiguo y Nuevo Testamento los paralelismos son tan grandes que nos hacen preguntarnos si esa historia es cristiana o no.

Y en todas estas historias que encontramos tanto en la Biblia como en otras religiones o mitologías, la diferencia esencial siempre es la misma: para los judíos, o para los cristianos, todo es parte del Plan de Dios para la Salvación. Para los demás… vaya usted a a saber. Por ejemplo, para alguien que creyera en Júpiter, estaba claro que esta historia es una muestra del carácter ‘enamoradizo’ de este dios, y ya está. A lo más, esa lujuria podría explicar en cierta medida la de los humanos.

Pero en el caso del nacimiento de Jesucristo, lujuria se ve poca. Y todo lo que escribe Mateo y de la manera que lo cuenta lo hace para convencer que ese niño que nació fue el Mesías que esperaban los judíos: que estaba en el plan de Dios. De hecho, mientras Anfitrión simplemente se ve alegre por los favores que ganará de criar un hijo semidiós, en el caso de José, Dios necesita que el padre adoptivo otorgue a Jesús un linaje que le conecte con David, Moisés y Abrahán, y así poder justificar que el mesías es el esperado Rey de los judíos. Mateo, de hecho, cita varios pasajes del Antiguo Testamento para justificar su narración-argumentación.

Claro, lo de este Evangelio es una argumentación desde la fe. Pero… ¿puede argumentarse que Jesús es el Mesías desde otra perspectiva?

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