“Habla mi idioma”

Yo tratando desde hace semanas de escribir algo decente para mi blog, y me alegran la comida con la noticia de que fray David Martínez de Aguirre OP será el nuevo obispo coadjutor del Vicariato Apostólico de Puerto Maldonado. No puedo más que alegrarme, porque en ese vicariato conocí a la Orden de Predicadores. Y lo hice, sobre todo, gracias a dos personas; una de ellas era el padre David.

Pocos meses después de llegar a Sepahua me fui más de una semana de viaje con él por diferentes comunidades. Aquella vez conocí un mundo nuevo, totalmente ajeno a mí, pero que poco a poco se me hizo muy presente.

Dos años después de ese viaje tuve la ocasión de entrevistare para un libro sobre la selva que se titulará ‘Surcando el Urubamba’ y que pronto saldrá. Sin adelantar nada que no deba, me quedo con una idea de aquella conversación. Un día, hablando con un vecino de la comunidad de Kirigueti, le preguntó: “¿Qué tengo que hacer para ser machiguenga?”. Y la respuesta fue: “Habla mi idioma”. Le costó varios años, pero lo aprendió, y se entiende a la perfección con ellos.

A él y a Ignacio les debo en gran medida el haber podido descubrir mi vocación. Estoy seguro de que le echarán muchísimo de menos en Kirigueti. Estoy seguro que a partir de ahora su implicación será mucho más amplia con otros muchos problemas que necesitan la presencia de una Iglesia cercana en la selva peruana.

Y ya de paso para hacer un poco de propaganda de las misiones, quizá interese ver este programa del año 2009 de ‘Pueblo de Dios’.
fr. David Martínez de Aguirre, OP

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Para la historia, gafas de humanidad

En una semana he visto dos películas sobre la Guerra Civil y sus consecuencias. Ambas contaban la historia de un martirio innecesario, con verdugos de diferente bando apretando gatillos iguales. Hablo de ‘La voz dormida’ y ‘Bajo un manto de estrellas’. La primera fue bastante reconocida y ganó varios premios ‘Goya; la segunda se estrenó el viernes, y el sábado había en la sala de cine seis personas.

 

Las dos, como películas, son mejorables. La primera por maniquea, por unos personajes que más que esperpénticos llegan a grotescos. ‘La voz dormida’ se salva por la magistral actuación de María León, su personaje es el menos político de todos. ‘Bajo un manto de estrellas’ narra el martirio de unos dominicos beatificados. La historia no peca de ese maniqueísmo pero los personajes son como de cartón. Funciona como documento histórico, no como un largometraje que sentarse a ver con palomitas. Hay, por supuesto, muchas más opciones para ver en la pequeña pantalla la Guerra Civil. Pero todas parecen marcadas por un determinado resentimiento..

 

Esta coincidencia de visionados me ha conducido a memorias más personales. La ‘Guerra’, de vez en cuando, se hacía presente durante mi infancia. Sucedía cuando me dejaba comida en el plato y mi abuela soltaba el típico reproche: “¡La posguerra tenías que haber vivido!”. Se enfadaba mucho, y no entendía el porqué. Hoy día ya lo capto un poquito mejor.

 

Con catorce años sucedió algo que cambiaría el relato de la historia familiar, al menos para mí: fui a ver ‘Enemigo a las puertas’ con mi padre. Esta película relata la historia del francotirador soviético Vassili Zaitsev en la batalla de Stalingrado, durante la Segunda Guerra Mundial. La película me encantó, y comentando la jugada al salir del cine, mi padre soltó: “Pues el abuelo estuvo luchando ahí”. Se me pusieron los ojos como platos y empecé a preguntar; entonces descubrí una historia que también es digna de ser llevada al cine, con peleas de bar, tanques sobre hielo, cigarro, alcohol y medallas de por medio. En honor a la verdad, la historia familiar sucedió en Leningrado, que también fue una batalla de esas que quedarán marcadas a fuego en los libros de Historia. Desde aquel momento empezó a interesarme de verdad qué había pasado con mi familia, pero había pocas fuentes a las que recurrir.

 

Por esas fechas de mi adolescencia, mi abuela materna comenzó a vivir con nosotros a temporadas. Un día en clase de historia empezamos a estudiar la II República. Así que le planté el libro de texto y empecé a preguntarle por los personajes que aparecían en las páginas. Se acordaba de todos y, como ella era el único miembro de la familia vivo que había experimentado todo aquello, me puse a preguntarle. Y como buena vieja, habló por los codos. Descubrí otra apasionante historia cuya protagonista era una joven costurera que osaba no hacer el saludo fascista. Cuando recibía amenazas, recordaba a los soldados falangistas que a ver quién más iba a arreglarles los pantalones. En esa misma historia, daba la última cena a costa de su puchero a tres fugitivos que vería fusilados días después.

 

Nada más lejos de mis intenciones que pasar al celuloide o a una novela mis recuerdos familiares, pero sí mantener la memoria sobre lo que sucedió. Primero fue la hagiografía revanchista de unos, luego fue la hagiografía revanchista de los otros, y quizá ahora podamos empezar a contar otro tipo de historias. Historias de amor, de reconciliación, que nos quiten el complejo y cicatricen las heridas de un conflicto que nosotros no hemos vivido. Que nos hagan descubrir que incluso en aquellos momentos de dureza hubo gente que luchó por la humanidad. Ese es el mérito de ‘Bajo un manto de estrellas’.

 

Victor Frankl escribió en ‘El hombre en busca de sentido’ que hay dos tipos de personas: “Decentes e indecentes”. Incluso en los nazis de su campo de concentración.

La mujer sapo y el mono

Fuego, originalmente cargada por Asier Solana Bermejo.

Antiguamente, el sapo era una mujer que vivía en nuestra querida selva de Ucayali. Ella era el único ser en la tierra que poseía el fuego. Entonces, todos los que querían cocinar debían acudir a esta mujer sapo. Fue entonces cuando un día apareció el mono, que habló con la mujer sapo, de la siguiente manera: “Hermana, dame un poco de tu fuego”. Ella, sin embargo, le respondió: “No puedo dártelo, hermano. Pero puedes cocinar aquí. En cambio, no puedo permitir que lleves el fuego a tu casa”.

Con esta respuesta,el mono tuvo que cocinar en el fuego de la mujer sapo. Cuando su comida estuvo cocinada, regresó a su casa. Pero, listo como era, había escondido un poco de la candela y se la había llevado, bien oculta para escapar a los ojos de la mujer sapo. Cuando llegó a su casa, prendió su fuego propio para volver a cocinar.

Entonces, la mujer sapo miró en la casa del hombre mono. Vio el humo que salía. Como ella no quería que él tuviera fuego, se fue hasta la casa del mono, con la intención de recuperar lo que era suyo. Cuando llegó a la casa encontró al mono cocinando. “¡Hermano!¿Por qué has traído mi candela?”, le preguntó. Entonces, la mujer sapo sacó los tizones y los trajo de regreso a su casa. Fue así como el fuego del mono se apagó.

Nadie podía ganar a la mujer sapo.

Otro día, el mono escondió un poco de candela pero la mujer le vio y la volvió a recoger. No quería permitirle ya más que viniera para cocinar, pues siempre el mono se llevaba la candela. Entonces, pensaron más monos, no sólo uno. Y se les ocurrió una gran idea. “¿Qué tal si hacemos nuestro propio fuego? Así no haremos enojar a la mujer sapo, porque ella cuida mucho su fuego”.

La mujer sapo no sabía qué pensaban los monos. Entonces, ellos sacaron un bambú y un palo. Los frotaron y frotaron silvando y silvando. Pero no salía chispa ni candela. Después, trajeron una ramita de achiote, y virutas de bambú. Otra vez frotaron con todas sus fuerzas. Por fin vieron salir un poco de humo, y se alegraron. Siguieron frotando con toda su energía.

Esta es una leyenda recopilada por Gabriel Marzano Campos, joven asháninka de 17 años nativo de la comunidad de Santo Domingo que estudia 3º de Secundaria y participa en el programa de Radio Sepahua ‘Voces de la selva’.