Objetivos del milenio… ¿dónde quedaron?

IMG_0170

En el año 2000, los países de la ONU se pusieron ocho objetivos como meta para luchar contra la pobreza: los objetivos del milenio, conocidos como ODM. El año límite era 2015… y aquí estamos. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, la lista de países que han cumplido los objetivos son, casi todos, aquellos que ya los habían cumplido en 2000. Por el contrario, vemos que hay más pobres (sí, también más ricos, y quizá nos lo tengamos que mirar).

Recuerdo, por aquellos años en los que todavía estudiaba Bachiller, cómo se empezó a llevar a cabo aquella campaña ‘Pobreza Cero’. Una campaña que empezó a utilizar Internet para conocerse, pero que sobre todo se transmitió con el boca a boca, a través de iniciativas de muchas ONGs comprometidas con el desarrollo. Eran objetivos considerados ‘de mínimos’ por la ONGs, pero se veía como un comienzo muy bueno. ¡Casi 200 países habían firmado los ODM! Pero una vez más, se demostró que era papel mojado. Parece que todo vale si no hay un FMI o un BM o un BCE que supervise y corte el grifo de la liquidez en caso de incumplimiento: incluso olvidar lo prometido. No debería sorprendernos, porque esa experiencia ya se tenía desde antes con los Derechos Humanos.

Es cierto que algunos países han mejorado en estos 15 años y han despegado económicamente de manera excepcional. La equivocación viene si pensamos que ha sido por una colaboración de la comunidad internacional en su lucha para erradicar la pobreza. En muchos de esos casos ha sido por la llegada de la inversión extractiva en recursos no renovables, como el gas o el petróleo. Explotaciones que han venido, es cierto, gracias a dinero extranjero, pero que han beneficiado mucho más a los inversores que a quienes vivían sobre ese gas, oro, o petróleo. En algunos casos, la existencia de estas riquezas ha sido la excusa para la guerra, con lo cual la situación ha empeorado.odm

Podemos decir que algunos países, sobre todo en Latinoamérica y Asia, han mejorado sus condiciones de vida. Pero otros, muy especialmente en África y Oriente Medio, han sufrido un retroceso inmenso. Situación que en algunos sitios duele más después de ver lo que parecía esperanza en un futuro mejor con el inicio de la llamada ‘Primavera Árabe’. Quizá la historia debería cambiar el nombre de estas revoluciones y llamarlas ‘otoño’, porque lo que ha venido se parece más al invierno que al verano.

Creo que el error parte de la base: los ODM fueron una maravillosa iniciativa, pero encuadrada en un sistema geopolítico y económico en la que era imposible que se dieran. Ahora comenzarán los ‘Objetivos de Desarrollo Sostenible’ (ODS), que por lo poco que he leído son más o menos lo mismo, pero diferente; pero igual.

El problema será el mismo, porque necesitamos una urgente revisión de nuestros valores en el que demos prioridad a lo que importa, y no a lo que no. Claro, que nos han intentado convencer de que los principios éticos son un factor más de la economía de mercado.

Anuncios

Me declaro inocente.

Imagen

Soy uno de esos jóvenes que el año pasado dejaron España. Soy rara avis, tenía un contrato fijo y solicité una excedencia por varios años para dedicarme a lo que siempre ha sido mi sueño: luchar contra la pobreza y la injusticia que causa el sistema mundial. Lo hago de forma muy modesta, pero sinceramente creo que pongo mi granito de arena en esta parte perdida en la amazonía peruana en la que actualmente vivo.

 

Ironías del destino. Me doy cuenta de que aquí si algo sobra es dinero. Bueno, en mi país también sobra, sólo que cada vez está peor repartido. Aquí, en cambio, ahora mismo se está empezando a repartir mejor que lo que estaba antes. Es un avance, creo yo.

 

No soy economista, pero creo que a fuerza de leer noticias, gracias a un par de buenos profesores durante mis estudios universitarios de Periodismo y a mi curiosidad natural, he llegado a entender una cosa bien clara. Que aquí no hay capitalismo, ese sistema económico que nos venden como algo natural. Aquí hay un oligopolio, es decir, el poder de una pequeña clase dirigente. A mí me enseñaron en el colegio que el capitalismo consistía en que si uno emprende y tiene éxito, el dinero es para él. Pero si uno emprende y no tiene éxito, tiene que hacer frente a las pérdidas. Cada palo que aguante su vela, vamos.

 

Pero alguien ha decidido que la vela de los bancos la tenemos que aguantar cuarenta millones de españoles. Entiendo lo suficiente para saber que si Bankia quiebra, papá estado le rescata. Pero si yo tengo la hipoteca con Bankia, ellos van a exprimirme hasta el tuétano y luego me desahuciarán si ni aun así he conseguido pagar todo.

 

Claro, esto es sólo la punta del iceberg contra el que nos estamos chocando porque el trabajador es, desde hace por lo menos dos reformas laborales, menos valioso que un martillo neumático o que un frigorífico para una empresa.

 

¿Culpables? Claro que hay culpables, claro que todos tenemos parte de responsabilidad. Pero es mentira que todos tenemos la misma responsabilidad. Es mentira, contradiciéndome, que todos tengan responsabilidad. Hay quien no, y quienes menos responsabilidad tienen son los que más la van a pagar; me refiero a los niños. Y claro, yo tampoco tengo la culpa de que primero el PSOE y luego el PP hayan ya dado miles y miles de millones a los bancos mientras recortan en Sanidad. De verdad, no tengo la culpa, así que no me vengan con que hay que trabajar como chinos o quehay que ir aLaponia. En España trabajaba 10 horas al día, seis días a la semana, por un sueldo de 1.200 euros. Me parecía indignante, pero o hacía por el orgullo de independizarme, y por la satisfacción que tenía al ver que mis reportajes, de vez en cuando, hacían algún bien, por pequeño que fuera. Hoy día, con ese sueldo me podría considerar rico.

 

No. No tengo la culpa de que el día que vuelva a España me encuentre todo destrozado. La tienen personas con nombres y apellidos que deberían ir a la cárcel, y que hace doscientos años tendrían que haber pasado por la guillotina. Ahora a la cárcel irán mis amigos que todavía están en España cuando se sienten en una manifestación, el agente de turno (sin identificar) les arrastre a la calzada, les identifique, y les denuncie por resistencia a la autoridad, parece que ahora eso va a ser terrorismo.

 

Eso, por supuesto, si no hacemos algo. Yo, desde luego, sigo con mi lucha aquí, que no abarca. Confío lo suficiente en mi generación, que llaman perdida pero sabe mejor que nadie dónde se encuentra, para darle la vuelta a la tortilla.