El animalismo necesita más filosofía y ciencia

Tenía ganas de verter unas pinceladas que son parte de mi reflexión sobre lo que podríamos llamar el ‘animalismo’. Vaya por delante. Creo que el movimiento animalista ha logrado grandes avances en nuestras sociedades luchando contra el maltrato animal. Y creo que ponen sobre la mesa cuestiones que, de otra manera, no estarían en la agenda pública. Las aportaciones positivas son muchas, aunque a veces parezca más una cuestión de nacionalismos.

Me parece que el animalismo en general tiene el problema principal de ser un movimiento principalmente urbano, como la cultura de nuestro tiempo. Las ciudades son un ecosistema artificial creado por el ser humano, en el que la naturaleza está controlada: especialmente los animales. De este modo, la ciudad es un medio muy favorable para especies como las ratas, cucarachas o palomas, pero un poco más hostil para una manada de lobos.

Para una persona mínimamente sensible e informada resulta bastante obvia la cantidad de comportamientos crueles e innecesarios que los humanos tenemos respecto a los animales, especialmente a la hora de ciertas maneras de alimentarlos y de reducirles el espacio disponible. Desde luego, una granja muy industrializada de pollos no es agradable de ver. Esta claro que algo no funciona. De hecho, la mera posibilidad de adoptar una nutrición vegana (que no es lo mismo que ser animalista) es algo propio de entornos urbanos, en los que hay una variedad suficiente de alimentos.

El problema viene cuando se equiparan a los animales con las personas. Por ejemplo, cuando leyéndome los programas para las elecciones me encontraba como frases que decían “queremos ser la voz de los animales” (lo cito de memoria, así que igual las palabras no son exactas). Me resulta un poco excesivo, qué voy a decir.

El problema viene también cuando un perro en Europa vive mejor que un niño en África. Y no digo que hay que dejar morir de hambre a Lassie.

El problema viene cuando consideramos el sufrimiento como algo prohibido. Que levante la mano quien no haya sufrido, y que levante la mano quien nunca haya hecho sufrir a nadie. El sufrimiento está ahí, y no tiene por qué ser malo, a veces tiene un sentido y es cuando la cosa cambia. El mero hecho de dar vida implica una alta dosis de dolor. El hecho de amar implica sufrir, y no hay nada más humano que amar.

En definitiva, el respeto por la naturaleza y por la vida no implica que haya que evitar el sufrimiento a toda costa, o que nunca haya que matar animales. Los animales matan animales. Los animales matan personas. Y mira, si para salvar una aldea entera de la malaria o el dengue tengo que fumigar todos los mosquitos, lo hago con los ojos cerrados.

Creo que el propio movimiento animalista necesita una crítica seria, científica y filosófica, para poder aportar un punto de vista coherente e integrado en la sociedad humana. Y para terminar, os presento a este pato cormorán que fotografié en enero de 2013 en la selva amazónica mientras conseguía su almuerzo.

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No creo en las vacunas pero sí en Dios

Tengo que admitirlo: no creo en las vacunas. Nada. Ni una pizquita de fe en ellas, cero patatero. En cambio, creo en Dios. Mucho o poco… depende del día, porque hay veces que el espíritu va mejor y otros en los que enflaquece. He de decir que de pequeño cumplí escrupulosamente todo el calendario, y antes de irme a la selva acudí al departamento de Sanidad Exterior para que me pusieran las inyecciones pertinentes. Y aun así, sigo sin creer en las vacunas.

Pero es que no hace falta creer en las vacunas para saber que funcionan. Los estudios realizados con contrastadas metodologías han hecho de esta técnica médica algo altamente corroborado; además, el empeño de quienes han ido en su contra ha traído consecuencias desastrosas1. Así que basta con remitirme a un conocimiento desarrollado a partir de la investigación y la observación médicas. Por supuesto, si en breve tuviera que salir a otro país lejano volvería a mirar si necesito protección contra alguna enfermedad. La efectividad de las vacunas no es una cuestión de fe, sino de ciencia. Probablemente, en el futuro inventen algo mejor que las vacunas.

Al mismo tiempo, creo en Dios. Por más que cuente cómo ha cambiado mi vida y lo importante que es para mí. Por más que insista en que el amor mueve el mundo. Por más que esté convencido de que hay vida después de la muerte… es algo que no podré demostrar apelando al conocimiento científico. Esto sí es cuestión de fe y de experiencia vital. Si una persona no tiene experiencia de Dios, es difícil que crea. Por otra parte, es difícil pero no imposible adquirirla: hay caminos para ello, como abrirse al otro, explorar el silencio, o buscar ese rayo de luz en la oscuridad. Siempre y cuando queramos aceptar que el conocimiento es mucho más que la ciencia y que la realidad es mucho más que lo físicamente sensible. Y aun así, una condición necesaria pero no suficiente.

Quizá uno de los problemas de este mundo es que estamos convirtiendo la ciencia en cuestión de fe.

vacunas

Una angustia existencial

De niño quería saberlo todo: Bueno, y ahora también. Sólo que antes creía que era posible, y ahora no. Sin embargo, de haber nacido hace, digamos, 5 siglos, podría haberlo sabido todo. De haber nacido en 1500 podría haber sabido lo suficiente de todas las áreas de conocimiento como para poder hacer descubrimientos en varias de ellas, al igual que hizo Descartes en disciplinas tan diferentes como la física y la filosofía.

Claro que entonces la dificultad quizá hubiera sido otra, porque a ver quién era el listo que se podía permitir pagar libros de todos los grandes pensadores de nuestra cultura. Matizando lo de aprender todo, quizá sería más exacto que hace cinco siglos era posible saber todo lo que la cultura occidental cristiana había acumulado de conocimiento. Pero llegó un día en que tal tarea ya se hizo imposible. Eso se hace evidente a finales del s.XVIII, cuando se empiezan a multiplicar las ciencias, y los matemáticos ya son matemáticos, los físicos ya son físicos, los gramáticos ya son sólo lingüístas… y el esfuerzo para crear las primeras enciclopedias es titánico.

Y desde entonces se ha llegado hasta el hoy, donde es imposible ya no saber todo, sino que ni siquiera es posible saber todo de una ciencia, y hay que especializarse. Mis sensaciones con esta realidad contemporánea son encontradas. La humanidad sabe mucho, muchísimo, pero cada individuo sabe muy poco.

Estamos obligados, lo queramos o no, a renunciar al conocimiento. En mi ordenador puedo almacenar 5.000 libros que sé que jamás leeré en mi vida. Cada vez que elijo uno siento un gran placer por vivir las aventuras que me propone, pero a la vez siento un gran dolor porque dejaré de leer otra obra que podría ser igual o mejor. Me consuelo con la esperanza infundida de haber elegido bien y que mi opción sea más valiosa.

Aunque dedicara toda mi vida al estudio, jamás podría completar todas las carreras universitarias. Pero es que, aunque lo consiguiera, necesitaría másteres, doctorados… De verdad que cada cosa que aprendo me produce una angustia existencial por renunciar a algún saber que ni siquiera puedo intuir pero que, eso sí lo sé, está ahí fuera.

Pero queda una pequeña esperanza: compartir. Semejante acumulación de conocimientos ha dado a la humanidad unas posibilidades ilimitadas. Entre los avances, disponemos ahora de tecnologías de comunicación más efectivas que nunca. En cada campo, sí que hay un persona, o unas pocas, que saben más que las otras, bien localizadas. Ellos deberían, de algún modo, ser consultados cuando haya que emprender una decisión de sus campos a nivel mundial, y no el primer lobista charlatán que pase por la oficina.

En definitiva, aunque yo, con mucho dolor, haya tenido que renunciar a saber casi todo lo que sabe hoy día la humanidad, todos nosotros podríamos beneficiarnos de ese saber colectivo si utilizáramos las herramientas de que disponemos para comunicarnos más efectivamente, algo así como crear una ‘supermente colectiva mundial’. Quizá uno de los verdaderos desafíos de la ciencia para el s.XXI sea organizar todo su conocimiento. Saber darle el uso adecuado a todo ese saber será la manera de que toda esta exponencial acumulación de avances no destruya, sino que construya al ser humano.