¿Qué tienen en común San Mateo y Plauto?

Vamos, una pregunta que cualquiera se hace en el café, y que como sé que os intriga, voy a tratar de responder en esta entrada. La respuesta es simple: ambos utilizaron el mismo tema para una de sus obras más conocidas.

A San Mateo casi todos lo conocemos más o menos, se trata de uno de los cuatro evangelistas, a veces confundido con el apóstol Mateo, el publicano, aunque no es probable que fueran la misma persona. Plauto llevaba más de 200 años muerto cuando se escribió el Nuevo Testamento, pero en vida había sido una de las personas más famosas de Roma. En definitiva, Plauto es a la Antigua Roma lo que Lope de Vega a la España del s.XVII o Shakespeare a la Inglaterra de la época. Sigue leyendo

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No creo en las vacunas pero sí en Dios

Tengo que admitirlo: no creo en las vacunas. Nada. Ni una pizquita de fe en ellas, cero patatero. En cambio, creo en Dios. Mucho o poco… depende del día, porque hay veces que el espíritu va mejor y otros en los que enflaquece. He de decir que de pequeño cumplí escrupulosamente todo el calendario, y antes de irme a la selva acudí al departamento de Sanidad Exterior para que me pusieran las inyecciones pertinentes. Y aun así, sigo sin creer en las vacunas.

Pero es que no hace falta creer en las vacunas para saber que funcionan. Los estudios realizados con contrastadas metodologías han hecho de esta técnica médica algo altamente corroborado; además, el empeño de quienes han ido en su contra ha traído consecuencias desastrosas1. Así que basta con remitirme a un conocimiento desarrollado a partir de la investigación y la observación médicas. Por supuesto, si en breve tuviera que salir a otro país lejano volvería a mirar si necesito protección contra alguna enfermedad. La efectividad de las vacunas no es una cuestión de fe, sino de ciencia. Probablemente, en el futuro inventen algo mejor que las vacunas.

Al mismo tiempo, creo en Dios. Por más que cuente cómo ha cambiado mi vida y lo importante que es para mí. Por más que insista en que el amor mueve el mundo. Por más que esté convencido de que hay vida después de la muerte… es algo que no podré demostrar apelando al conocimiento científico. Esto sí es cuestión de fe y de experiencia vital. Si una persona no tiene experiencia de Dios, es difícil que crea. Por otra parte, es difícil pero no imposible adquirirla: hay caminos para ello, como abrirse al otro, explorar el silencio, o buscar ese rayo de luz en la oscuridad. Siempre y cuando queramos aceptar que el conocimiento es mucho más que la ciencia y que la realidad es mucho más que lo físicamente sensible. Y aun así, una condición necesaria pero no suficiente.

Quizá uno de los problemas de este mundo es que estamos convirtiendo la ciencia en cuestión de fe.

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