7 citas filosóficas

Veo que hoy es el día mundial de la filosofía. Así que me parece una ocasión tan buena como cualquier otra como para defender que seamos amigos de la sabiduría. Para ello, quiero recordar algunas citas filosóficas, la mayoría muy conocidas, que muestro sin ningún orden en particular.

“Lo que es es, y lo que no es, no es”.

parmenideselea

Esta es quizá una de las frases que más ha revolucionado la historia de la filosofía, enunciada por Parménides de Elea. Su contenido redundante en realidad nos permite pensar sobre el ser como una unidad, y la estrecha ligazón que debe existir entre la verdad y el ser.

“Panta rei” (todo fluye).

heraclito

Esta frase se atribuye a Heráclito de Éfeso, el mismo que decía eso de que es imposible bañarse dos veces en el mismo río. Al contrario que Parménides, aquí la realidad se ve como algo esencialmente en movimiento y evolución.

“Ama y haz lo que quieras”

sanagustin

Y citamos aquí a San Agustín. Este filósofo-teólogo y padre de la Iglesia supo sintetizar en estas seis palabras lo que tendría que ser el comportamiento cristiano. A través de su neoplatonismo, Agustín de Hipona consiguió como no lo había hecho nadie antes conjugar religión y filosofía. Habría que esperar a Santo Tomás de Aquino, en el s.XIII para ser superado en este aspecto.

“¡Dios ha muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado!”

Nietzsche

Friedrich Nietzsche es quizá una de las mentes más brillantes del s.XIX. Su pretensión de matar a dios con una filosofía de tintes proféticos es en realidad la constatación de una realidad, la de que el hombre quier ser Dios. En realidad, Nietzsche coincide en algo con la religión, al menos la cristiana: ambos narran la muerte de Dios.

“El corazón tiene razones que la razón no entiende”

pascal

Blaise Pascal quedó un tanto eclipsado por el método de Descartes, pero su pensamiento ha quedado eclipsado ante el ‘pienso, luego existo’. Bien es cierto que René Descartes nos ofrece un sistema cerrado. Pascal, por el contrario, se empeña en hacer mostrar la insuficiencia del mero pensamiento racional. Eso sí, sin negar en absoluto la utilidad de la razón. Es, en todo caso, una valentía el reseñar que hay formas de pensamiento más allá, algo que filósofos como Platón tenían muy asumido como se ve en sus diálogos en los que usa extensamente la alegoría.

“Si una afirmación científica habla de la realidad, debe ser falsable. Si no es falsable, no habla de la realidad”.

popper

¡Atención, la ciencia no sirve para todo! ¡No hay nada que se pueda demostrar! Karl Popper vivió la gran efervescencia de la ciencia en el s.XX, sobre todo a través de los avances en la física y en la técnica. Recordemos que en el primer tercio del siglo pasado llegaron la Relatividad, el Big Bang y la mecánica cuántica. Ante tal entusiasmo por la ciencia, Popper se paró y avisó de que el conocimiento científico es provisional, que la verdad es algo que no puede darnos una teoría, y que, además, los científicos iban por el camino equivocado. Debemos buscar los fallos a las teorías, en vez de tratar de demostrarlos. Un ejemplo ¿Son blancos los cisnes? Entonces… ¡hay que buscar el cisne negro, no tratar de demostrar la blancura de este animal con cinco mil cisnes blancos! Así, la ciencia se nos presenta como un camino en busca de la verdad y no como un cúmulo de dogmas. Muy interesante para nuestros tiempos.

“Yo soy yo y mis circunstancias”

Jose_Ortega_y_Gasset

Por Ortega y Gasset. Terminemos con un filósofo español respondiendo a una de las preguntas clave de la filosofía: ¿Quién es el hombre? Este pensador, en una frase tan breve, pone de relieve la gran influencia que ejerce sobre quiénes somos la realidad que nos rodea, como la cultura, historia, geografía, etc. Pongo esta frase la última porque la filosofía, al fin y al cabo es algo muy característicamente humano. ¿Qué animal podría filosofar?

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El animalismo necesita más filosofía y ciencia

Tenía ganas de verter unas pinceladas que son parte de mi reflexión sobre lo que podríamos llamar el ‘animalismo’. Vaya por delante. Creo que el movimiento animalista ha logrado grandes avances en nuestras sociedades luchando contra el maltrato animal. Y creo que ponen sobre la mesa cuestiones que, de otra manera, no estarían en la agenda pública. Las aportaciones positivas son muchas, aunque a veces parezca más una cuestión de nacionalismos.

Me parece que el animalismo en general tiene el problema principal de ser un movimiento principalmente urbano, como la cultura de nuestro tiempo. Las ciudades son un ecosistema artificial creado por el ser humano, en el que la naturaleza está controlada: especialmente los animales. De este modo, la ciudad es un medio muy favorable para especies como las ratas, cucarachas o palomas, pero un poco más hostil para una manada de lobos.

Para una persona mínimamente sensible e informada resulta bastante obvia la cantidad de comportamientos crueles e innecesarios que los humanos tenemos respecto a los animales, especialmente a la hora de ciertas maneras de alimentarlos y de reducirles el espacio disponible. Desde luego, una granja muy industrializada de pollos no es agradable de ver. Esta claro que algo no funciona. De hecho, la mera posibilidad de adoptar una nutrición vegana (que no es lo mismo que ser animalista) es algo propio de entornos urbanos, en los que hay una variedad suficiente de alimentos.

El problema viene cuando se equiparan a los animales con las personas. Por ejemplo, cuando leyéndome los programas para las elecciones me encontraba como frases que decían “queremos ser la voz de los animales” (lo cito de memoria, así que igual las palabras no son exactas). Me resulta un poco excesivo, qué voy a decir.

El problema viene también cuando un perro en Europa vive mejor que un niño en África. Y no digo que hay que dejar morir de hambre a Lassie.

El problema viene cuando consideramos el sufrimiento como algo prohibido. Que levante la mano quien no haya sufrido, y que levante la mano quien nunca haya hecho sufrir a nadie. El sufrimiento está ahí, y no tiene por qué ser malo, a veces tiene un sentido y es cuando la cosa cambia. El mero hecho de dar vida implica una alta dosis de dolor. El hecho de amar implica sufrir, y no hay nada más humano que amar.

En definitiva, el respeto por la naturaleza y por la vida no implica que haya que evitar el sufrimiento a toda costa, o que nunca haya que matar animales. Los animales matan animales. Los animales matan personas. Y mira, si para salvar una aldea entera de la malaria o el dengue tengo que fumigar todos los mosquitos, lo hago con los ojos cerrados.

Creo que el propio movimiento animalista necesita una crítica seria, científica y filosófica, para poder aportar un punto de vista coherente e integrado en la sociedad humana. Y para terminar, os presento a este pato cormorán que fotografié en enero de 2013 en la selva amazónica mientras conseguía su almuerzo.

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Una angustia existencial

De niño quería saberlo todo: Bueno, y ahora también. Sólo que antes creía que era posible, y ahora no. Sin embargo, de haber nacido hace, digamos, 5 siglos, podría haberlo sabido todo. De haber nacido en 1500 podría haber sabido lo suficiente de todas las áreas de conocimiento como para poder hacer descubrimientos en varias de ellas, al igual que hizo Descartes en disciplinas tan diferentes como la física y la filosofía.

Claro que entonces la dificultad quizá hubiera sido otra, porque a ver quién era el listo que se podía permitir pagar libros de todos los grandes pensadores de nuestra cultura. Matizando lo de aprender todo, quizá sería más exacto que hace cinco siglos era posible saber todo lo que la cultura occidental cristiana había acumulado de conocimiento. Pero llegó un día en que tal tarea ya se hizo imposible. Eso se hace evidente a finales del s.XVIII, cuando se empiezan a multiplicar las ciencias, y los matemáticos ya son matemáticos, los físicos ya son físicos, los gramáticos ya son sólo lingüístas… y el esfuerzo para crear las primeras enciclopedias es titánico.

Y desde entonces se ha llegado hasta el hoy, donde es imposible ya no saber todo, sino que ni siquiera es posible saber todo de una ciencia, y hay que especializarse. Mis sensaciones con esta realidad contemporánea son encontradas. La humanidad sabe mucho, muchísimo, pero cada individuo sabe muy poco.

Estamos obligados, lo queramos o no, a renunciar al conocimiento. En mi ordenador puedo almacenar 5.000 libros que sé que jamás leeré en mi vida. Cada vez que elijo uno siento un gran placer por vivir las aventuras que me propone, pero a la vez siento un gran dolor porque dejaré de leer otra obra que podría ser igual o mejor. Me consuelo con la esperanza infundida de haber elegido bien y que mi opción sea más valiosa.

Aunque dedicara toda mi vida al estudio, jamás podría completar todas las carreras universitarias. Pero es que, aunque lo consiguiera, necesitaría másteres, doctorados… De verdad que cada cosa que aprendo me produce una angustia existencial por renunciar a algún saber que ni siquiera puedo intuir pero que, eso sí lo sé, está ahí fuera.

Pero queda una pequeña esperanza: compartir. Semejante acumulación de conocimientos ha dado a la humanidad unas posibilidades ilimitadas. Entre los avances, disponemos ahora de tecnologías de comunicación más efectivas que nunca. En cada campo, sí que hay un persona, o unas pocas, que saben más que las otras, bien localizadas. Ellos deberían, de algún modo, ser consultados cuando haya que emprender una decisión de sus campos a nivel mundial, y no el primer lobista charlatán que pase por la oficina.

En definitiva, aunque yo, con mucho dolor, haya tenido que renunciar a saber casi todo lo que sabe hoy día la humanidad, todos nosotros podríamos beneficiarnos de ese saber colectivo si utilizáramos las herramientas de que disponemos para comunicarnos más efectivamente, algo así como crear una ‘supermente colectiva mundial’. Quizá uno de los verdaderos desafíos de la ciencia para el s.XXI sea organizar todo su conocimiento. Saber darle el uso adecuado a todo ese saber será la manera de que toda esta exponencial acumulación de avances no destruya, sino que construya al ser humano.

Todo vuelve y nada es igual

Estaba recordando hoy y antes. El año pasado ya retomé tímidamente los estudios, pero ahora la cosa empieza a ir en serio. El lunes comenzaba de nuevo la universidad, esta vez con dedicación a tiempo completo y vida de estudiante. Y ahí estaba, siendo el novato de la Facultad, cinco minutos antes de que empezara la primera clase, a la espera de que llegase el grueso del ejército neófito. De la que me libré, pensé, en cuanto vi que los veteranos hacían un pasillo a los nuevos aplaudiendo y jaleando.

Y llegó el profesor. Y empezó a dar esos consejos: “Llevad las cosas al día”, “empezáis un camino de cinco años”, “tenéis que tener una motivación”, “cuidado con las nuevas tecnologías”, “llevad las cosas al día por si no lo había dicho antes”, etc. Claro, un alto porcentaje estaban recién salidos del bachillerato, aunque también es cierto que más de dos y más de tres ya teníamos tablas en el estudio y que los 25 no los vamos a cumplir; porque, ya se sabe, las vocaciones tardías ya no son tardías.

Y pensaba en mis expectativas, y en lo diferente que es. Cuando comencé a estudiar Periodismo se trataba de una facultad civil, de gran tamaño, con más de 100 alumnos en clase. No tenía muy claro si quería estudiar la carrera, y estaba terriblemente agobiado por encontrar alguien con quien compartir los primeros días de carrera universitaria. También ansioso de empezar algunas actividades extracurriculares, especialmente Teatro.

Esta vez cambia la ciudad, ya no estoy en casa de mis padres, sino en una comunidad de frailes, y en un lugar con mucho, muchísimo sol y calor. Ya he pasado por toda una licenciatura así que me pone mucho menos nervioso lo de los exámenes. Tengo claro, clarísimo, el hecho de que quiero estudiar el Bachillerato en Teología aunque sean 4 ó 5 años por delante, y aún más claro el motivo por el cuál quiero hacerlo. Lo que no tengo claro es qué ‘actividades extraacadémicas’ quiero hacer, aunque sí sé qué sentido quiero darles.

Quizá lo que más me llama la atención es la familiaridad. De estar en un lugar donde sólo era un número, ahora incluso vivo con varios profesores, y en las clases somos los suficientes como para que pronto pueda aprenderme todos los nombres (lo que no logré en 4 años de Periodismo). Todos tenemos, o deberíamos tener, un plus vocacional que nos dé un entusiasmo extra.

Por último, lo más importante de todo. En estos años toca reflexionar sobre lo verdaderamente importante, quién es el hombre y quién es Dios, y qué tienen que ver el uno con el otro.

Dame preguntas que ya buscaré las respuestas

Hace unos días una conversación me sugirió un concepto: los cajones ideológicos.

 

El concepto es bien claro y asumido en nuestra sociedad: cuando adoptas una postura sobre un tema polémico, automáticamente pasas a formar parte de un grupo ideológico, asumiendo todas sus opiniones en todos los asuntos públicos. Por ejemplo, si el gobierno X quiere privatizar la Sanidad y me muestro en contra, automáticamente soy feminista, estoy a favor del aborto, en contra de las corridas de toros, y a favor de que abran todas las fosas comunes de la guerra y se juzgue hasta a los que ya están muertos. Al día siguiente digo que Franco está muy bien con tanta piedra encima y que no es cuestión de ponerse a sacarlo de su tumba, y paso de amigo del Ché y de las ballenas japonesas a nazi filo-fascista.

 

Lo más curioso de todo esto es que no hay nadie que sea el típico progre o el típico facha o el típico nacionalista catalán. Ni siquiera existe el típico borroka. Nadie conoce a nadie que sea el ‘típico’ lo-que-sea y aun así seguimos aplicando los estereotipos a los demás, también a nosotros. Cuántas veces somos capaces de apuntarnos al carro de algo que no nos convence sólo por seguir identificados con uno de los espectros ideológicos dominantes o a los que sencillamente queremos pertenecer.

 

Pues no. Yo reivindico el derecho al pensamiento libre. Defiendo el derecho a que cada uno sea capaz de formarse una opinión madura sobre los principales dilemas de nuestra sociedad. Que por expresar una opinión no reciba la condena de asumir todas las posiciones ideológicas del grupo mayoritario que la defiende. Que puedo estar a favor de la igualdad de las mujeres pero enseñar las tetas gritando para defenderla no me tiene que parecer necesariamente bien.

 

Se trata de asumir el proceso inverso en el que pretenden educarnos. Desde que cambiaron la Filosofía y la Ética por la Educación para la Ciudadanía, y como la vayan a llamar ahora, han perpetrado un sistema perverso. Antes nos daban los planteamientos, ahora nos dan las respuestas. Antes nos hacían reflexionar sobre el amor, la libertad, o la política y nos contaban qué habían pensado Platón, Aristóteles, Séneca, San Agustín, Santo Tomás, Sartre, Hegel, Marx, Descartes, Kant, etc. Ahora ya no vale reflexionar sobre un tema, sino aprender una postura de ‘valores ciudadanos democráticos’. Lo que para unos significa una cosa y para otros la contraria.

 

Pero nadie nos cuenta que para buscar buenas respuestas hay que formular mejores preguntas.