Quiero ser fraile (III): ¿Por qué? ¿Para qué?

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Aún queda la pregunta más importante que responder. Algunas de las personas, tras sus sorprendidas reacciones (descritas aquí), empezaron a bombardearme a preguntas. Pero sólo unas pocas hicieron alguna de las dos preguntas más importantes: ¿Por qué? ¿Para qué?

Por todo y para nada. Esas son las respuestas de las preguntas. No creo que uno escoja ser fraile “para algo”, sino “por algo”. Es decir, aquí lo importante es lo que a uno le mueve a escoger una vida religiosa, no el utilitarismo que vaya a sacar de ella. En el mejor de los sentidos, esta es una vida inútil, como la literatura o la filosofía. No se hacen para algo, sino por algo.

Es decir, meterse en semejante percal no es un medio para conseguir una meta concreta, sino una consecuencia que sucede después de que uno se da cuenta de ‘todo’. A los que me preguntaban el porqué, les decía: “Porque es una necesidad”. No hay más. ¿Necesidad de qué? Y ahora viene cuando me tiro de la moto: “Tengo el convencimiento de que el mundo necesita que yo sea fraile”.

¿Necesidad de qué?

Un momento, eso hay que explicarlo. Voy a empezar por el ejemplo facilón. En los últimos meses realicé un viaje de 44 días seguidos por el Bajo Urubamba. Varias fueron las comunidades en las que tuve la suerte de entrar en confianza con sus pobladores. La conversación llevó en algunos casos a obligarme a contar que iba a ser “padre”. No me gusta ese término pero es el que entendían. En todos los sitios en los que lo conté me dijeron que allí necesitaban un padre. En dos de esos lugares dijeron: “Necesitamos un padre para que el domingo haga misa”.

Esto, dicho así, se malentiende mucho. Baste decir que hablo de mi experiencia en pueblos indígenas yines, machiguengas y asháninkas principalmente, en la amazonía peruana. Tienen unos esquemas radicalmente diferentes a los nuestros. Si se expresaran con nuestro lenguaje, la traducción de esa petición sería más o menos la siguiente: “Queremos que haya alguien confiable con nosotros que nos apoye y a quien podamos pedir consejo porque este mundo es muy complicado y hay muchas cosas malas en esto del progreso que estamos haciendo”. Es lo mismo que cuando a uno le preguntan: “¿Cuándo vuelves?”.

A estas alturas, el ejemplo ya no es tan facilón.

Cuando uno lo piensa, se da cuenta de que a pesar de sus miserias tiene que esforzarse todo lo que pueda para ser ejemplo. Pero sobre todo, esperanza.

Y si antes me tiré de la moto, ahora me voy a tirar del avión sin paracaídas: quiero ser fraile porque creo que el mundo necesita que le traiga una pizquita de esperanza. ¿En qué? En qué va a ser, en el amor.

Por supuesto, este camino no es el único. Es el único para mí.

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Y me cubrirán de blanco…

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Esto es como cuando uno se casa y antes va a la peluquería. Hay un cambio, y durante un mes me he estado preguntando si seguir con todo igual o cambiar de blog. Al final, la solución ha sido intermedia. El cambio es evidente pero el blog sigue siendo el mismo. Por modificar cosas, hasta el título es diferente. Y aviso, no definitivo.

Pero la URL es la misma de siempre, desde que una tarde aburrida en noviembre de 2009 comencé esta andanza. No era mi primer blog, llevaba varios a mis espaldas. Y seguramente habrá más. Lo lógico hubiera sido, dirían algunos, cambiarlo todo. Pero es imposible huir del pasado y no solo eso, sino que le doy gracias. Doy gracias a los últimos 26 años (y un pico) de mi vida. Como un río, dando vueltas por el curso y a menudo descansando en las playas, a ratos perdiéndome entre la maleza para luego volver al curso del agua, siento que estoy llegando a mi destino. Por lo menos, a un punto importante, de inflexión. No quiero sentir que todo esto es algo que antes no había y llegó de repente, como un trueno.

Comencé este sitio web una tarde en el Diario de Navarra. Estaba realizando la beca ‘PIE’, es decir un año de trabajo como cualquier redactor pero peor pagado y sin cotizar. No tenía muchas esperanzas de continuar en esa empresa a pesar de que hacía bien mi trabajo y había beneficios. Me habían despojado de una sección que me habían dado unos meses antes, en el verano, en favor de otro becario. Para mí fue la gran oportunidad de emplear dos, tres o cuatro días en hacer reportajes, siempre que a mis jefes no se les ocurriera qué mandarme para suplir cualquier hueco o cosa rara. Recuerdo un día que, después de meterme 250 km en coche y preparar varias entrevistas para dos reportajes, llegué un poco tarde a la redacción y recibí una bronca por ello.

Eran sólo detalles aislados. Por suerte tuve una estancia grata. Todavía recuerdo con mucho cariño a los compañeros y fotógrafos del Diario, varios continúan, algunos no. Cuando un tema me salía bien, tenían la amabilidad de darle un buen espacio, a veces incluso por encima de mis expectativas. Recuerdo una vez que pusieron en portada una foto de un reportaje, e imagino la cara que se le debió poner a la persona que aparecía en esa imagen porque cuando se la tomé le aseguré que sería blanco y negro y en pequeñito. Domingo y primera página. Por cierto alguien debería recuperar ese reportaje para ver cómo eran las cocinas de los hospitales navarros antes de la privatización de todo ese tinglado.

Después pasé un año y medio en Ceuta, ya con un contrato. Hice (creo) un buen trabajo y tenía ya mi contrato fijo y mi sueldo un-poco-más-que-mileurista. Cuando empecé a trabajar, era indignante cobrar eso. Cuando me fui de ahí, me podía considerar afortunado de cobrar eso. Fueron buenos tiempos, viajando a Marruecos para fotografiar las manifestaciones del Movimiento 20 de Febrero y después organizando el 15 M en aquella ciudad hispanoafricana.

Finalmente, un 17 de julio, era el año 2011, me subía por primera vez en mi vida a un avión intercontinental. Doce horas de vuelo que dieron para mucho, incluso para disfrutar de la ventana y hablar con la compañera que le había tocado el asiento de mi costado; aún recuerdo que era peruana, venía de Italia, y había pasado 9 años sin ver a su familia. Su historia me conmovió.

Llegué a Lima y tenía unas prisas tremendas por llegar a Sepahua, mi destino. Tenía 24 años y toda la ilusión del mundo por empezar mi labor en la Misión dirigida por el padre Ignacio. Yo ni sabía qué eran los dominicos. “¿Cuánto te quedas aquí?”, me preguntaban en Sepahua. “Por lo menos, dos años”, respondía. “¿Y después?”. “Ni idea”, decía. Seis meses antes de llegar a la selva jamás hubiera imaginado que ese sería mi destino. Y así, a lo tonto, pasaron dos años de aventuras, de idas y venidas, y de ilusión con una realidad muy concreta. Pero la palabra ilusión es poco profunda. Llamémoslo entusiasmo, sentir que estás hecho para esto.

Esa certeza me hizo enfrentarme con mi realidad, que se había vuelto cómoda y feliz en Sepahua. Y un día dije que ya no hay vuelta atrás, que el único camino posible era hacia delante. En ese peregrinar, he acabado dando el primer paso para convertirme en un dominico, y además misionero. El pasado mes aterricé en Madrid, y tras pasar unos días en la capital, otros en Barcelona y otros en Pamplona, tomé rumbo a Sevilla desde Bilbao. Ahí me esperaban Carmelo, Juanma, Paco y Salvador. Una semana después, junto con cuatro compañeros (Antonio, Javier, Rafael y Dailos), comenzaba el noviciado en los dominicos. O mejor dicho, Orden de Predicadores. Esto significa que a partir del domingo mi nombre es ‘fray Asier’ y que durante un año exacto voy a conocer a la Orden y la Orden me va a conocer. Luego veremos si nos casamos.

Sigo atento, muy atento, a la realidad de la selva. Pero a partir de ahora voy a ser en Sevilla, y voy a tratar de captar su realidad, desde un punto de vista que considero privilegiado en una de las ciudades con más tradición religiosa del mundo. Mis escritos llevarán menos foto (creo) y tratarán de ser más reflexivos, incluso un tanto filosóficos.

Sencillamente, a partir de ahora no prometo nada que no hubiera prometido antes. Pasión por el mundo, por contarlo y cambiarlo. Sólo que este año el cambio será más mío que del mundo. Y por eso el título, un poco más introspectivo. De las pocas cosas que tengo claras es que hay que tomarse la vida en serio, pero de manera alegre. No como antes, que era mucho más grave y pesimista. Ahora tiendo mucho más al optimismo, porque la vida me ha sorprendido muy gratamente.

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