¿Qué hace alguien como tú en un sitio como este?

Esta pregunta, no con las mismas palabras, me la hicieron en la noche del sábado al domingo, después de celebrar la Vigilia Pascual e ir a celebrarlo a fiestas de Terriente, un encantador pueblo de la Sierra de Albarracín. En realidad, yo podría haber hecho la misma pregunta a quien me la hizo.

Ser fraile me está regalando una experiencia única: la de compartir experiencias con jóvenes que tienen un profundo sentido de la fe y dedican a ello su tiempo. Gente profunda, con ideales, y que no se queda en la mera palabrería. Gente que está terminando sus estudios universitarios o empezando carreras laborales, en ocasiones con muchísimo éxito, y dedica su escaso tiempo libre para los demás. Ya sea en una Pascua Rural en pueblos donde apenas llega su párroco, ya sea todos los domingos buscando un tiempo para formarse en su fe y hablar de cuánto les importan las personas.

Esa persona, cuyo anonimato mantendré, me insinuaba también que vaya mala pata el escoger esta vida de celibato (por qué no llamarlo sexualidad alternativa) habiendo tantas chicas interesantes, inteligentes y buenísimas personas ahí delante, en la pista de baile. Estaríamos apañados si uno eligiera pesando en la balanza solo el lado de las renuncias, algo bueno habrá.

Pero no sólo jóvenes, ser fraile también me ha permitido conocer gente de cierta edad que, nadie sabe muy bien por qué, deciden que todas sus vacaciones van a ser viajar al medio de la selva a ayudar a las misiones. Cuando podrían pagarse el vuelo, ya puestos, a Bora-Bora o a Hawai y disfrutar de un coco con pajita incrustada.

Uno puede dar innumerables razonamientos o hablar todo lo bellamente que quiera de lo que cree, pero cuando se encuentra viviendo eso mismo que cree, la cosa cambia. Y, por qué no decirlo, se vuelve especial cuando ve que la gente regala su tiempo para vivir este tipo de creencias, tiempo que podría usarse en estudiar para los exámenes de la universidad, para tomarse unos merecidos días de descanso de un trabajo con ritmo endiablado, o para leer un best-seller.

Claro, uno descubre que lo que hace especial a quien tiene delante no son los títulos, sino cómo organiza sus valores de manera ‘alternativa’ a lo que nos pide la sociedad. Esto es, poniendo en primer lugar a la persona y siendo coherente con ello.

Y todo este post venía a cuento de que pasé la Semana Santa aquí.

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Una gran familia

El pasado fin de semana viví una experiencia especial. Jóvenes que de diferente modo compartimos el carisma dominicano tuvimos día y medio para conocernos en Guadarrama (Madrid). Ahí estábamos frailes, religiosas, grupos de Movimiento Juvenil Dominicano, el grupo ‘Espiga’ de Sagunto, varios grupos más en torno a parroquias y colegios de frailes y religiosas.

Ahí estábamos todos, “junt@s tras los pasos de Domingo” (nota: odio el uso de la @, pero es que el título era así). Más o menos unos setenta; sin duda, no estábamos todos los que somos, pero sí somos todos los que estábamos, y eso es una gran noticia. La de sentir que compartes con gente repartida por toda la geografía española una ilusión por un proyecto común, además uno muy serio: el de la predicación.

No estoy seguro de si deberían hacerse muchos o pocos encuentros de este tipo. Pero sí estoy seguro de que son positivos porque nos ayuda a profundizar más en el sentido de nuestra vida. A veces nuestra brújula vital sufre vaivenes y no sabe muy bien por qué dirección llevarnos. A veces aparecen imanes que tratan de equivocarnos. Por eso ayuda pararse, y más si lo hacemos todos juntos, o dicho de una manera más dominica, ‘en comunidad’.

Demasiado a menudo tenemos la sensación de ser unos locos que vamos a contracorriente, y en cierta manera es verdad. Al fin y al cabo, para muchos de los jóvenes que vinieron, explicar a sus amigos que se venían un fin de semana a pasar frío a una casa de la sierra de Madrid a una cosa de Iglesia… no sonaría demasiado atractivo.

A mí me gusta decir que lo que somos es ‘alternativos’, ofrecemos otro modo de vivir la vida y ponemos nuestro norte en algo en que ningún anuncio de la televisión lo pondría. Tampoco engañamos, advertimos que el camino no es fácil; pero al mismo tiempo mostramos que hay miles de ejemplos de que se puede recorrer y que eso es una gran alegría.

Al fin y al cabo, los dominicos llevamos recorriéndolo 798 años y los que nos quedan. Por mi parte, sólo agradecer a todas las personas que conocí allí el que me transmitieran sus ganas, ilusión y alegría. Ahora, cuando vuelvo al día a día, es bueno recordar los momentos que me dicen por qué estoy aquí.

(la foto es un ‘selfie’ que he escogido porque aparecemos los dos navarricos que allí estuvimos, pero a lo guay porque lo hice con la Canon 7D. Es que hacerse un ‘selfie’ con un móvil es ‘mainstream’)

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