Unas palabras de automotivación

Incertidumbre. Emoción. Entusiasmo. Confusión. Miedo. Insensatez. Descubrimiento. Aprendizaje. Desaprendizaje. Son palabras que de una u otra manera se pueden aplicar de manera especialmente intensa al periodo que precede a la primera profesión, llamada también ‘simple’, aunque no sé si tiene mucho de ese adjetivo. Esta amalgama de ideas sugieren un año desordenado, y a ratos lo es, de la misma forma que a ratos uno tiene la sensación de que todo encaja perfectamente. Por suerte, estos últimos momentos duran poco, porque si tuviéramos todo el puzle hecho probablemente estaríamos mirando mal.

 

Lo más peculiar del noviciado es que atisbas los derroteros por los que han ido muchos otros que lo hicieron antes que tú. Es como si vieras un bazar de ‘vidas posibles’ de lo que es ser dominico, para que uno se pregunte cuál le gustaría vivir. La respuesta siempre es la misma: “Ninguna de ellas, aquí no estamos para tener cromos repetidos en la colección”. Esta frase llena de romanticismo (creo) encierra el peligro de lo desconocido; pues vale.

 

“La realidad supera a la ficción”. Es una de las frases que más le habré escuchado al padre Ignacio en mis dos años en Sepahua, cada vez refrendada con la alusión a algún relato de su vida. Relatos de indígenas casi salvajes, relatos de terrorismo maoísta, relatos de viajes inverosímiles. Todo eso, desconocido hata el mismo instante de experimentarlo. Aventuras que, por supuesto, nunca fueron fáciles ni cómodas.

 

No sé qué me encontraré, pero tengo la esperanza ilusionada de que puede ser magnífico.

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La primera partida

Parecía que el noviciado iba a entrar en una alegre rutina cuando, sin previo aviso, nos han cercenado. Ha sido con la marcha de Rafael, que hasta hace no mucho parecía el más convencido de los cinco con esta aventura. Al menos, eso se desprendía por sus palabras (y sabe usarlas muy bien). Se fue el lunes, aunque ya nos había avisado un poco antes. Como es lógico, todos hemos buscado alguna explicación y hemos tratado de racionalizar lo sucedido. Da igual, solo él lo sabe, y es muy honesto el retirarse cuando uno sabe que no está donde tiene que estar, algo de lo que no todos son capaces.

Creo que aunque sea, se puede sacar algo bueno de esta pena, y es el estar siempre alerta. Como en la parábola de las mujeres que esperan al novio, en la que unas prudentes tienen aceite para toda la noche y otras, no. Al final, sólo las que estaban preparadas para la espera llegan a conocer al novio. Algo de esa actitud tenemos que desarrollar, porque la noche es larga y la visita puede llegar en cualquier momento.

En estos días he sentido como si me pusieran un espejo enfrente, de repente me he mirado. “Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar”, dice la sabiduría popular. Es, para mí, la primera vez en la que otro fraile se va, y soy consciente de que no será la última. Ahí han estado atentos algunos con muchos más kilómetros que yo en este camino, que han visto partir a muchos más. De ellos he escuchado muchas frases, pero me quedo con dos:

– “La vocación hay que renovarla cada día”.

– “Al final, esto es algo entre Dios y yo”.

 

A propósito de la ignorancia

Este blog ha sido un tanto abandonado desde la toma de hábito. El evento, además de ‘Diario de Navarra’, tuvo repercusión en ‘El Faro de Ceuta’, periódico donde viví año y medio de periodismo apasionado, del que desgasta las suelas de los zapatos.

En este tiempo, por fin el noviciado ha adquirido una reconfortante sensación de ‘rutina’. Al principio, todo era nuevo. Después, todo era la toma de hábito. Y por fin nos podemos, más o menos, centrar en lo que debería ser este año.

Llevo años escribiendo sobre cosas de las que, supuestamente, algo sé. Pero ahora me toca no saber nada. Hace unas semanas nos lanzaron la siguiente pregunta a todos los novicios: “¿Estáis dispuestos a ser discípulos?”. Es como para pensarlo. Somos jóvenes y tenemos, quien más y quien menos, estudios universitarios y cierta experiencia en el mundo.

Y ahora tenemos que renunciar a lo que sabemos, porque en esencia no sabemos nada. La clave de ser discípulo es la ignorancia, porque sin ella la iluminación que proporciona el conocimiento es imposible. Toda la historia, la actualidad económica, el dominio lingüístico, el conocimiento de los sistemas políticos, la amplia cultura general que siempre he presumido tener, no sirven de mucho. Por no decir de nada.

No saber es un placer, porque es la única manera de aprender. Aceptar que uno no sabe o, al menos, que es posible que esté equivocado. Eso es fácil cuando uno realmente no se ha dedicado toda su vida a llenar su cerebro de conocimientos para ganar cualquier partida de trivial (sólo conozco un par de personas con las que haya tenido competiciones de nivel). Pero el trivial es eso… trivial.

La ignorancia es un ejercicio. Hay que tratar, realmente, de despojarse de muchas cargas mentales que no hacen más que filtrar y deformar lo que a uno le llega cuando no lo necesita. Si tenemos la biblioteca organizada de una forma, el siguiente libro será simplemente añadido a los estantes. Aquí el tema es construir una biblioteca, una manera de organizar todos los libros.

La ignorancia es un peligro, también, si no se utiliza para tratar de llegar al conocimiento de la verdad. Si se utiliza como escudo ante un mundo tan complejo, pasa a ser mediocridad.

Ante la pregunta sobre el discipulado, respondí que tenía suerte porque ser periodista me había enseñado que no sé nada y tengo que escribir sobre cosas de las que no sé. Uno de los consejos más útiles que me dieron en la universidad fue “cuando vayas a un lugar nuevo, averigua qué es lo que no sabes, para documentarte”.

La ignorancia es, además, inocencia. Atreverse a preguntar todo, como un niño que no sabe y no tiene el menor reparo en preguntar. Y todos sabemos lo que pasa cuando uno de esos pequeños adorables lanza uno de esos interrogantes a quemarropa, absolutamente inconsciente del pavor que nos causa enfrentarnos a esa cuestión, muchas veces reflejo de una realidad que evitamos.

Nota: no confundir ignorancia con mediocridad

El noviciado en el Diario de Navarra

El noviciado ha salido reflejado hoy en el Diario de Navarra. El viernes pasado celebramos la toma de hábito en el convento de Santo Tomás de Aquino, en Sevilla, donde vivimos durante este año. Cosas de haber sido cocinero antes que fraile, en el Diario de Navarra donde me formé como periodista en gran medida enseguida se enteraron. Y les pareció curioso, así que Ainhoa Piudo  me llamó el domingo para hacernos una entrevista.

 

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Esto es la contraportada, y siempre es un puesto de honor en en este periódico, no tanto porque vayan a leerlo más sino por aparecer debajo de la tira de Oroz, genio del humor gráfico. Esto, en cierta manera, es como siempre. Al principio he de reconocer que me sorprendió que me pidieran sacar un artículo sobre todo este tema, pero me convencieron porque es verdad que lo que estoy haciendo no es precisamente habitual. No me considero un ‘bicho raro’, pero sé que no entro en lo que hoy se considera más o menos normal.

He de decir que desde que escribí mis anteriores entradas explicando cómo y por qué quiero ser fraile, he recibido multitud de e-mails y mensajes de gente que me felicitaba, gente con la que hacía años que no contactaba, y me ha hecho mucha ilusión, porque todos ellos son gente a la que, de algún modo, admiro.

No  puedo decir mucho más. El pasado viernes, el prior provincial de la provincia de Bética, Miguel de Burgos, nos preguntó: “¿Qué pedís?”, y los cinco novicios que somos respondimos: “La misericordia de Dios y la vuestra”. Después, a cada uno nos revistió con el hábito el provincial (o delegado) de cada una de nuestras provincias respectivas, y quedamos todos muy guapos vestidos de pingüinos.

He de decir que, según me informaron, batí el récord de rapidez para manchar el hábito, cuando un desafortunado incidente hizo que se me cayera el vino encima. Por suerte una señora de Acción Verapaz que andaba por ahí salió a ayudarme y como pillamos las manchas recién perpetradas, ahora tengo un maravilloso y elegante hábito blanco.

Y me cubrirán de blanco…

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Esto es como cuando uno se casa y antes va a la peluquería. Hay un cambio, y durante un mes me he estado preguntando si seguir con todo igual o cambiar de blog. Al final, la solución ha sido intermedia. El cambio es evidente pero el blog sigue siendo el mismo. Por modificar cosas, hasta el título es diferente. Y aviso, no definitivo.

Pero la URL es la misma de siempre, desde que una tarde aburrida en noviembre de 2009 comencé esta andanza. No era mi primer blog, llevaba varios a mis espaldas. Y seguramente habrá más. Lo lógico hubiera sido, dirían algunos, cambiarlo todo. Pero es imposible huir del pasado y no solo eso, sino que le doy gracias. Doy gracias a los últimos 26 años (y un pico) de mi vida. Como un río, dando vueltas por el curso y a menudo descansando en las playas, a ratos perdiéndome entre la maleza para luego volver al curso del agua, siento que estoy llegando a mi destino. Por lo menos, a un punto importante, de inflexión. No quiero sentir que todo esto es algo que antes no había y llegó de repente, como un trueno.

Comencé este sitio web una tarde en el Diario de Navarra. Estaba realizando la beca ‘PIE’, es decir un año de trabajo como cualquier redactor pero peor pagado y sin cotizar. No tenía muchas esperanzas de continuar en esa empresa a pesar de que hacía bien mi trabajo y había beneficios. Me habían despojado de una sección que me habían dado unos meses antes, en el verano, en favor de otro becario. Para mí fue la gran oportunidad de emplear dos, tres o cuatro días en hacer reportajes, siempre que a mis jefes no se les ocurriera qué mandarme para suplir cualquier hueco o cosa rara. Recuerdo un día que, después de meterme 250 km en coche y preparar varias entrevistas para dos reportajes, llegué un poco tarde a la redacción y recibí una bronca por ello.

Eran sólo detalles aislados. Por suerte tuve una estancia grata. Todavía recuerdo con mucho cariño a los compañeros y fotógrafos del Diario, varios continúan, algunos no. Cuando un tema me salía bien, tenían la amabilidad de darle un buen espacio, a veces incluso por encima de mis expectativas. Recuerdo una vez que pusieron en portada una foto de un reportaje, e imagino la cara que se le debió poner a la persona que aparecía en esa imagen porque cuando se la tomé le aseguré que sería blanco y negro y en pequeñito. Domingo y primera página. Por cierto alguien debería recuperar ese reportaje para ver cómo eran las cocinas de los hospitales navarros antes de la privatización de todo ese tinglado.

Después pasé un año y medio en Ceuta, ya con un contrato. Hice (creo) un buen trabajo y tenía ya mi contrato fijo y mi sueldo un-poco-más-que-mileurista. Cuando empecé a trabajar, era indignante cobrar eso. Cuando me fui de ahí, me podía considerar afortunado de cobrar eso. Fueron buenos tiempos, viajando a Marruecos para fotografiar las manifestaciones del Movimiento 20 de Febrero y después organizando el 15 M en aquella ciudad hispanoafricana.

Finalmente, un 17 de julio, era el año 2011, me subía por primera vez en mi vida a un avión intercontinental. Doce horas de vuelo que dieron para mucho, incluso para disfrutar de la ventana y hablar con la compañera que le había tocado el asiento de mi costado; aún recuerdo que era peruana, venía de Italia, y había pasado 9 años sin ver a su familia. Su historia me conmovió.

Llegué a Lima y tenía unas prisas tremendas por llegar a Sepahua, mi destino. Tenía 24 años y toda la ilusión del mundo por empezar mi labor en la Misión dirigida por el padre Ignacio. Yo ni sabía qué eran los dominicos. “¿Cuánto te quedas aquí?”, me preguntaban en Sepahua. “Por lo menos, dos años”, respondía. “¿Y después?”. “Ni idea”, decía. Seis meses antes de llegar a la selva jamás hubiera imaginado que ese sería mi destino. Y así, a lo tonto, pasaron dos años de aventuras, de idas y venidas, y de ilusión con una realidad muy concreta. Pero la palabra ilusión es poco profunda. Llamémoslo entusiasmo, sentir que estás hecho para esto.

Esa certeza me hizo enfrentarme con mi realidad, que se había vuelto cómoda y feliz en Sepahua. Y un día dije que ya no hay vuelta atrás, que el único camino posible era hacia delante. En ese peregrinar, he acabado dando el primer paso para convertirme en un dominico, y además misionero. El pasado mes aterricé en Madrid, y tras pasar unos días en la capital, otros en Barcelona y otros en Pamplona, tomé rumbo a Sevilla desde Bilbao. Ahí me esperaban Carmelo, Juanma, Paco y Salvador. Una semana después, junto con cuatro compañeros (Antonio, Javier, Rafael y Dailos), comenzaba el noviciado en los dominicos. O mejor dicho, Orden de Predicadores. Esto significa que a partir del domingo mi nombre es ‘fray Asier’ y que durante un año exacto voy a conocer a la Orden y la Orden me va a conocer. Luego veremos si nos casamos.

Sigo atento, muy atento, a la realidad de la selva. Pero a partir de ahora voy a ser en Sevilla, y voy a tratar de captar su realidad, desde un punto de vista que considero privilegiado en una de las ciudades con más tradición religiosa del mundo. Mis escritos llevarán menos foto (creo) y tratarán de ser más reflexivos, incluso un tanto filosóficos.

Sencillamente, a partir de ahora no prometo nada que no hubiera prometido antes. Pasión por el mundo, por contarlo y cambiarlo. Sólo que este año el cambio será más mío que del mundo. Y por eso el título, un poco más introspectivo. De las pocas cosas que tengo claras es que hay que tomarse la vida en serio, pero de manera alegre. No como antes, que era mucho más grave y pesimista. Ahora tiendo mucho más al optimismo, porque la vida me ha sorprendido muy gratamente.

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